Un nuevo año en la esperanza

En el inicio de un nuevo año renacen los sueños, proyectos personales, familiares o comunitarios que le imprimen dinamismo a la vida brindándole orientación al devenir de cada día. Y es que no tener objetivos, rumbo, propósito y sobre todo esperanza le resta sentido al vivir. Para ello es importante recuperar la ilusión y ver desde el presente, ciertamente poco alentador, hacia el futuro, con la firme determinación de comenzar de nuevo, pues cuando se quiere, y Dios lo permite, siempre se puede.

Es verdad que los últimos acontecimientos solo han venido a agravar la penosa situación de pobreza y violencia entre muchas otras calamidades que imperan en la sociedad hondureña, ante este panorama no podemos ser ingenuos o pasivos, tan solo contemplando cómo la situación se degrada cada vez más. Es necesario descubrir el papel de cada uno en la reconstrucción de esa nueva realidad, teniendo como punto de arranque el fortalecer la propia esperanza, para inyectarla al resto de la sociedad.

Pero ¿qué tipo de esperanza es la que se debe recuperar?, ¿en qué o en quién está puesta dicha esperanza?, ¿acaso estamos esperando a que empiece a cambiar la situación política del país, que ya no exista corrupción, que quienes aspiran a cargos públicos lo hagan con un verdadero deseo de servicio? o peor aún quizá a que cambien muchas otras cosas, para entonces cambiar nosotros. Siendo sinceros esto es muy difícil, porque la fuente de la auténtica esperanza no es cualquiera, como nos lo dice San Pablo en la Carta a los Romanos,

“Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado (Rm 5,5).

Ahora bien el punto de arranque está en lo divino, pero el de llegada se encuentra en lo humano, porque está destinado a afectar las cosas concretas de la vida. ¿Qué se espera de nosotros?, que como cristianos comprometidos, la ilusión y la esperanza en Dios, dinamicen la actitud pasiva que se ha vuelto cómplice de los abusos, la corrupción y la injusticia, que producen dolor, sufrimiento al pueblo y que tristemente evidencian, una vez más, que la maldad en el corazón de unos pocos, por afán al poder o al dinero, no conoce límites.

Porque cuando se quiere comenzar algo nuevo es necesario tomar conciencia de la situación en la que se está, conocer cuáles son los principales problemas que nos han arrastrado a caer en manos de unos cuantos que para alcanzar sus fines han aplicado la receta infalible del, “divide y vencerás”, la política, el fútbol, los regionalismos, las clases sociales, y lo más doloroso hasta la religión, han fracturado a Honduras.

No es momento de buscar culpables, aunque ciertamente los haya, en cambio es tiempo de actuar, esta vez basados no en la violencia o en los criterios de una ideología; sino sintiéndonos unidos al otro sin importar su manera diferente de pensar. Lo opuesto a la división es la unidad que no significa en ningún caso uniformidad, sino el derecho humano a la pluralidad y la diversidad.

Somos conscientes que en la práctica no será fácil, pero debemos intentarlo si no queremos seguir abriendo paso a los lobos rapases que asechan la sana convivencia de un pueblo sufriente, pero lleno de bondad. Es momento de hacer las cosas diferentes, y esa es la mayor esperanza de un tiempo de gracia que hoy, en manos de Dios, comienza.