“Ciudad cívica” y culto zoomórfico

Más que la destrucción física, estremecedora y publicitaria, hay otra –silenciosa y dañina porque nos paraliza– y más grave que ha afectado nuestras visiones de la realidad, capacidades y voluntades. El fuerte acento individualista, ha destruido los valores de la sociedad del cercano pasado, fomentando un comportamiento agresivo en contra de los demás.

El menosprecio por la vida humana, desde la perspectiva que “el infierno son los otros”, tiene efectos más dañinos que los huracanes y las enfermedades. Porque, nos ha dado una población que no quiere comprometerse consigo misma, enfrentar los miedos y con valentía, transformar la realidad, para ponerla al servicio de una patria nueva, fuerte y respetada.

Como es difícil, un análisis total de la realidad hondureña, compartiré mis visiones sobre lo que ha ocurrido en la ciudad donde me forjé. Olanchito era la ciudad cívica. “La ciudad de la palabra”, como la bautizó Lisandro Quesada. Ahora es, la ciudad del “Festival del Jamo”. Jamolandia como la rebautizó Marel Medina. La semana cívica –en que la patria es el centro de la celebración y el estímulo de las iniciativas locales, en dirección al éxito– ha sido superada por un festival turístico en el que buscan atraer visitantes, llenar hoteles, restaurantes y facilitar la circulación monetaria. Tales finalidades no son criticables. Sí, el precio que se ha pagado para lograrlo.

En otras ciudades, la identidad no se ha construido destruyendo su pasado. En Olanchito, se ha anulado una para que se imponga la otra. Y en un zoomorfismo inconsciente, deshumanizado, la ciudad ha vuelto a reencontrarse con los valores ganaderos que la mantuvieron paralizada, rechazando la modernidad y el esfuerzo para que, desde los valores del civismo, hacer de la persona humana el centro de la vida colectiva. Estimulando acciones para desprestigiar a la ciudad cívica, al idealizar un saurio que, fuera de sus valores alimentarios, no representa nada para la sociedad que, en un momento, se sintió singular y diferente.

El colmo es que, incluso, Medina, en una acción desafortunada, anuló la definición de Lisandro Quesada, e impuso el gentilicio -verdadero apodo- de “comejamos”, conque nos ofendía Roberto Sosa y otros más. Y además a la ciudad, Medina intentó y con éxito, cambiarle el nombre, llamándola Jamolandia. Osman Guardado ha creado un periódico digital, El Comejamos, sin darse cuenta que, con ello, empuja al querido Olanchito hacia la selva, destruyendo la identidad positiva, en favor de una negativa y burlesca.

Cualquiera puede creer que esto es un asunto local. Pero, si posamos la vista por el país, está ocurriendo también una degradación igual. En donde no esperamos que nos ofendan, nos menosprecien los otros, sino que nosotros mismos, en un oportunismo barato, nos congratulamos ofendiéndonos y desvalorizándonos. Por ello es que, la imagen de Honduras está terriblemente dañada de forma que, siguiendo a Marel Medina, debemos cambiarle el nombre. Si estuviera vivo, diría, riéndose, que la llamáramos “Narcolandia”. Y el gentilicio que, se le ocurriría risueño, sería cocainómanos. No sé.