El Estado convertido en verdugo

El malhadado 2020, que acaba de concluir, sumó al panorama internacional dos muy malas noticias: la primera es la aprobación en España de la eutanasia, elevada esta a categoría de derecho, y, por lo mismo, financiada con los impuestos de los ciudadanos; y, más recientemente, la legalización del aborto, esta vez en Argentina, también bajo las mismas condiciones.


Ya se sabe que detrás de la aprobación de ambos asuntos, por demás delicados y con implicaciones éticas muy serias, hay una fuerte carga ideológica y que, ya el mismo Marx señalaba, los planteamientos ideológicos son sistemas de ideas con apariencia de ciencia y de verdad, pero absolutamente falaces, y que, por lo tanto, no merece la pena enzarzarse en ellos. De ahí que no voy a entrar en un debate de esa naturaleza, pero sí a señalar algunos elementos que manifiestan como cuando el Estado legisla de esa manera traiciona su razón de ser y, en lugar de proteger la vida de los ciudadanos, se convierte en su verdugo.


Históricamente, los pueblos se han organizado y constituido distintas formas de gobierno con el propósito de asegurar su bienestar; eso incluye la protección de la vida humana en sus distintas etapas, desde su origen hasta su conclusión. Esa etapa inicial y esa etapa final son especialmente importantes porque son momentos en los que se presenta un estado de indefensión que obliga a que los miembros de la sociedad velen por ella y colaboren con su conservación. Un niño aún no nacido, o ya nacido pero incapaz de defenderse por sí solo, o un hombre o una mujer en plena senectud, dependen de su familia y, en los países más desarrollados, de los servicios que el Estado pueda prestarles. Un niño recién concebido depende totalmente de su madre, así como un anciano que no puede valerse por sí mismo depende de los que lo cuidan. Y la disposición de las personas y de la sociedad organizada a velar por esas vidas refleja la grandeza, la nobleza, del ser humano.


Lo anterior se ha entendido bastante bien a lo largo de los siglos. Sin embargo, en la sociedad del confort, en un mundo en el que el egoísmo ha dejada de ser una tara moral, un vicio, y se ha convertido en un estilo de vida, todo lo que pueda resultar un obstáculo, un estorbo, para la comodidad de los demás, debe ser desechado, incluyendo la vida humana. Claro, términos como generosidad, renuncia, sacrificio, entrega, abnegación, hoy suenan a malas palabras.


Y como nuestros legisladores son tan dados a copiar leyes de otros Estados y latitudes, debemos preocuparnos porque, evidentemente, el peligro para niños, ancianos y enfermos terminales que ronda en Honduras, anda más cerca de lo que imaginamos.