Actitud esperanzadora

La costa norte ha sido –desde el principio del tiempo– inundable. El problema es que tenemos memoria corta. Carecemos de registros, confiables, anteriores a 1935, fecha en que ocurre la famosa “llena”.

Su habilitación para los cultivos agrícolas fue obra del empuje capitalista modernizador. Una obra de inteligente ingeniería hidráulica en que se redujeron los riesgos y se ajustó la vida de las poblaciones, al comportamiento de los ríos Ulúa y Chamelecón. Antes de esta obra extraordinaria, el banano se cultivaba en las partes no inundables. Desde entonces, pudo hacerse con mayor éxito en tierras aluviales de elevada calidad. Porque las aguas que inundan la zona arrastran un limo muy rico que hace que las tierras sean de primera.

Esta falta de memoria histórica afecta mucho a los líderes y a la población del valle de Sula. Pero no debemos caer en brazos del pesimismo. Pese a los daños sufridos se tiene que preservar la esperanza, mitigando los riesgos y ajustando el desarrollo urbanizador a las zonas menos inundables. Hace algunos años, la zona era espacio exclusivo para el cultivo del banano y la caña, resistentes a las llenas más que otros. De modo que debemos reconstruir la memoria histórica, balancear el uso de la tierra a los fines que obedezcan a su naturaleza y controlar las aguas de los dos ríos mencionados.

Reuter Bregman, en su libro “La humanidad, una historia esperanzadora”, dice que ahora vivimos mejor que hace cien años. Este concepto es aplicable al valle de Sula. Incluso, los daños sufridos hasta ahora, en proporción a las aguas caídas sobre el mismo, son relativamente inferiores a los que se sufrieron en el pasado. Lo que ocurre es que para los medios, las noticias negativas y dolorosas son las que más venden. Pero las cosas pudieron ser peores. La población es ahora mejor que hace algunos años frente a los peligros y, la mayoría de las autoridades son decentes y confiables. Lo que ocurre es que sostener esto no es aceptable en la redacción de los medios porque lo que vende, lo que compran sus consumidores, son historias tristes en donde el fracaso se impone. Y como hemos tenido este año, tres crisis seguidas, más la actitud de una clase política, poco democrática que, aprovecha los problemas para instrumentalizar y negarle la libertad a la ciudadanía, la resistencia para no caer en la desesperanza, se ha reducido enormemente.

Pero no debemos rendirnos. Hay que construir dos y hasta tres represas multiusos para controlar las aguas del Chamelecón y el Ulua. Hay que frenar la destrucción de los bosques y revisar históricamente los escenarios probables para planificar y diseñar soluciones hidráulicas que no sean rebasadas en los próximos cien años. Y construir un sistema de bordos y canales de alivio, mucho mejores que los que hicieron las bananeras. Hay que pensar en grande. Hacer al valle de Sula más seguro es un objetivo para el siglo XXI. Durante el siglo pasado no tuvimos. Apenas después del sueño del ferrocarril interoceánico -que fue objetivo del siglo XIX- no hemos manejado un objetivo que trascienda a varias generaciones. Este es el tiempo para la esperanza. También para establecer un objetivo que le dé continuidad a la acción de los hondureños, con gobiernos democráticos, obedientes de la ley y obligados a darle continuidad a lo que hacen los anteriores para lograr resultados. Lo podemos hacer. Pero hay que preservar la esperanza, elevar la confianza en las autoridades, fortalecer el sistema democrático para revertir la situación actual, en que no escogemos a los mejores, sino que a los oportunistas y sobalevas.