Los defectos de los demás

Con el paso de los años, el próximo domingo 29 cumplo 58, he aprendido a valorar cosas que cuando tenía menos experiencia y madurez consideraba un fastidio.

Una de esas cosas es, justamente, los defectos de los demás.

Los procesos de mejora personal, si es que alguna vez hemos querido embarcarnos en uno, pasan, forzosamente, por la búsqueda de una relación armónica, o por lo menos equilibrada, con la gente que nos rodea; desde lo más cercanos: el cónyuge y los hijos, hasta aquellos con los que nos encontramos eventualmente. Porque ser mejor persona obliga a saber hacer amable la vida a los que conviven con nosotros, todos los días o de vez en cuando.

Una bestia huraña, un hombre o una mujer intratables son especímenes que terminan por amargar a sus compañeros en el viaje de la vida y cerca de los que nadie aspira trabajar o coincidir.

De modo que, una de las primeras cosas que habría que proponerse, si se llegara a pensar, y eso sería muy bueno, en comenzar un ascenso en procura de la perfección moral, sería comportarse de manera tal que los que, por gusto o por obligación, coexisten con nosotros, no solo no nos evitaran, sino que más bien buscaran nuestra compañía.

Y algo que nos ayudaría, mucho más de lo que nos imaginamos, para lograr ese cometido, es lo que podemos aprovechar de los defectos de los demás.

Porque si todos los que nos rodean fueran dechados de virtudes, carentes de defectos, no tendríamos la oportunidad de domesticarnos a nosotros mismos, de aprender a callar cuando queremos gritar, de sonreír cuando deseamos golpear, de ser indulgentes cuando queremos condenar.

Cuando, desde la perspectiva que dan los años, hacemos un elenco de las personas con las que más nos ha costado convivir, las que nos han provocado más de una molestia, las que en más de una ocasión nos han sacado de quicio, las que nos han cansado o exasperado, concluimos que, gracias a ellas, hemos desarrollado hábitos éticos como la paciencia, la tolerancia o la empatía.

Cuando, desde la experiencia, desde la madurez, recordamos a aquellos que nos dieron más de un disgusto, porque nos exigieron, de mala manera, un trabajo bien hecho, o nos mandaron realizar tareas que no eran de nuestro agrado, caemos en cuenta que así aprendimos a ser fuertes, recios, y a batallar contra los caprichos y la comodidad.

Lástima que hayan debido pasar los años para entender estas realidades.Pero, como reza la sentencia popular, es mejor tarde que nunca.