Falta de preparación

Honduras es una nación afortunada. Ubicada fuera de la cadena volcánica que atraviesa al continente, con pocos huracanes que afecten su territorio –por lo menos en una frecuencia de unos veinte años y muy pocas pandemias– somos una zona privilegiada. La que, sin embargo, por la facilidad con que la naturaleza nos ha tratado, nos ha dado como resultado una población débil ante los desastres, poco preparada para la prevención; y con un sistema de construcción de bajos estándares. Por ello, los efectos que sufrimos son mayores que otras regiones, incluso en países vecinos como El Salvador, Guatemala y Nicaragua especialmente.

Hace algunos años almorzaba en un centro turístico en el norte de Lima, Perú, con el vicepresidente del BCIE, un guatemalteco con el cual habíamos trabajado en el fomento del cooperativismo a nivel latinoamericano. Cuando estábamos en el segundo piso, un temblor que nunca había experimentado, estremeció la estructura donde estábamos reunidas cerca de 500 personas. El movimiento fue de tal naturaleza que casi todos los clientes abandonaron el lugar. Menos nosotros. El guatemalteco y yo. él por su experiencia, dijo mientras seguía comiendo, “es un terremoto, no te preocupes”.

Y yo, por orgullo, porque si corría perdería dignidad frente a mi compañero. El siguiente temblor, no me detuvo el honor. Abandoné el edificio. El único que se quedó fue mi amigo guatemalteco que tenía mucha experiencia, había sido entrenado desde niño para tales contingencias, y había valorado la resistencia del edificio. Y confiaba, como en efecto ocurrió, que resistiría el temblor. Cuando regresé a la mesa, apenado, me disculpé diciéndole que yo no estaba entrenado para estas cosas. él sonrió.

Y es cierto. Los hondureños no tenemos formación cívica –la asignatura fue suprimida por Pineda Ponce– y carecemos de formación para enfrentar contingencias. En cambio, en la vecina Nicaragua, me decía su embajador Juan Ramón Ramos, que, conociendo las vulnerabilidades de su territorio, efectúan cuatro simulacros en el año. Uno cada tres meses.

De forma que cada uno desde que está en la escuela aprende cómo comportarse en un huracán, una inundación, un terremoto o un incendio. Cada quien conoce el albergue que le corresponde. Y qué es lo que tiene que hacer. Cuándo correr y cuándo volver los ojos hacia atrás.

Nosotros, en cambio, carecemos de un sistema integrado de mando. En Nicaragua todas las instituciones se colocan al servicio del ministerio encargado de las emergencias, con lo que se garantiza unidad de mando, orden y uso adecuado de los recursos. No es accidental que ellos, frente a los embates del Eta, no tuvieron un muerto, en cambio nosotros perdimos 63 compatriotas.

Como la vida es un eterno aprendizaje, debemos aprovechar los problemas que nos afectan para aprender, en vez de lamentarnos, echándole la culpa al gobierno –que tiene responsabilidades por supuesto– para reaccionar, calmadamente. Y responder en forma organizada y racional, para reducir los impactos de los ataques de la naturaleza. Por supuesto, necesitamos formar mas ciudadanía, organizar los aparatos de respuesta. Y defender la vida.