Las Hibueras y los huracanes

Avanza por las faldas de la sierra de Omoa la columna de exploradores españoles dirigidos por Pedro de Alvarado. Después de varias horas de camino con sus corazones en vilo y entusiasmados hacen una parada más al pie de una hermosa altura de la cordillera para contemplar extasiados el impresionante, frondoso y extenso valle que se muestra ante sus ojos.

Deciden fundar ahí un poblado en honor del líder de la expedición y luego continuar su viaje siguiendo la ruta río arriba hasta llegar a otro valle rodeado de espléndidas montañas, pobladas de pinos donde igualmente fundarán un nuevo poblado.

Aquel impresionante escenario de montañas y valles fértiles en perfecto equilibrio son la muestra clara de la virginidad de las nuevas tierras que se descubren a la mirada de aquel contingente de hombres procedentes de reinos lejanos acostumbrados a imponerse por la fuera de las armas y la codicia de poder, de riquezas materiales y el honor de sus linajes.

Muchos años después la mano voraz empezará a excavar las montañas para extraer los minerales preciosos, provocando las primeras heridas profundas al equilibrio del ecosistema. Bajo la consigna de la abundancia y la prosperidad se apiñan los aperos de la muerte que con soberbio orgullo adornan el escudo de la que sería el enclave minero y posteriormente, con las nuevas tecnologías, el enclave bananero. Ambos enclaves, epicentros de fuerzas, atraen de distintos rincones de tierra adentro a rústicos campesinos que se van instalando alrededor o dentro de los enclaves en núcleos poblacionales, empezando a disfrutar y también a padecer de los beneficios de aquella inversión y penetración de capital extranjero. Los nuevos pobladores se las arreglarán para habitar en las partes elevadas, en el valle habitarán en casas con pilares altos para defenderse de las aguas caudalosas y de las serpientes.

Pasados casi más de 400 años, las montañas han sufrido el certero golpe del hacha y las motosierras, ya no hay quiénes retengan las aguas y las filtren cristalinas a los ríos. El equilibro entre atmósfera y suelo han sido rotos. Las tormentas y huracanes son vistos ahora como terroríficos monstruos que inundan y destruyen los poblados del orgulloso hombre de la tecnología, de la prosperidad material y de la sociedad del confort. Es necesario replantearnos el lugar que deben ocupar la naturaleza, las nuevas tecnología y los métodos de explotación de los recursos naturales en nuestro estilo de vida. La mano que hemos levantado contra la naturaleza se ha vuelto contra nosotros mismos, nuestras familias y nuestros oasis artificiales de comodidad.

Nuestros niños que hasta ahora los hemos educado para que dominen la tecnología- o para que la tecnología los domine- y prolonguen sus horas de ocio, hay que llevarlos al encuentro de los seres creados por Dios que nos acompañan sin cobrarnos impuestos: las plantas, las aves, el aire y las fuentes naturales de agua.

Con sincero arrepentimiento y gratitud a Dios despojémonos de nuestro egoísmo para dar inicio a la actividad creadora de armonía y de paz saludable para todos. Es tiempo de pedir perdón a Dios y exclamar Alabado sea, oh mi Señor.