Prójimos invisibles

Hay en el ser humano una tendencia natural a la autoprotección, a evitar el dolor, a cerrar los ojos ante las realidades duras, desagradables, las que se consideran una amenaza para el bienestar material, físico o psicológico. De ahí que, de mil maneras, a lo largo de la vida, vamos cavando a nuestro alrededor fosos protectores que buscan aislarnos del exterior cuando éste se vuelve desagradable o incómodo. Lo anterior es evidente en los muros que se levantan para procurar sensación de seguridad, en cercos eléctricos y en alambradas, o en la actitud distante, fría, que se asume ante las necesidades o los problemas del prójimo. Llegamos, incluso, a crear un entorno casi fantasioso, lo más alejado posible de la realidad, de modo que todo aquello que nos choca o nos desagrada se difumina, desaparece, se vuelve invisible, aunque lo tengamos enfrente.

Para el caso, cuando existían semáforos en las intersecciones de los bulevares de Tegucigalpa, los que andábamos en carro, habíamos desarrollado el hábito, de modo que se hacía de manera automática, de subir las ventanas, si las llevábamos abiertas, cada vez que nos aproximábamos a uno de ellos; porque, lo común, era que hubiera en ese lugar una persona que pedía limosna. Además, volvíamos la vista en otra dirección, para evitar encontrarnos con la mirada de aquel niño o aquel anciano, que, con ella, de algún modo, nos recriminaba. Así, con el vidrio cerrado y los mirando en otra dirección, el prójimo desaparecía, se esfumaba, se volvía invisible. Sucede ahora igual que las familias enteras que piden comida o dinero, cerca de los supermercados y centros comerciales. Y si el vidrio del auto está polarizado, mejor aún, así no ven nuestra cara de desagrado o de fastidio.

Ha debido desatarse una pandemia o golpear huracanes, para que esos hermanos nuestros hayan recuperado su corporeidad, se hayan vuelto visibles. Han debido estremecernos las escenas que nos han mostrado los medios para rellenar los fosos y abrir puertas en los muros y portillos en las alambradas. Ojalá y no sea un rapto de sentimentalismo, un querer sentirnos buenos, un buscar la autosatisfacción que adormece la conciencia. Ojalá que la solidaridad se convierta en virtud, en hábito ético, no en conducta aislada, como fuego de artificio que no es más que luz cegadora pero que dura poquísimo y pronto no es más que ceniza.
Porque ese prójimo siempre ha estado ahí, aunque los hayamos ignorado, aunque hayamos cerrado los ojos y lo hayamos evitado. Ese prójimo es también ciudadano de este país, de la cara de Honduras que preferimos desconocer.