El “diluvio” y sus lecciones

Usar el término “diluvio” para referirse a la tormenta Mitch es una hipérbole, irreverente bíblicamente; pero es cierto que, después de la pandemia actual, es lo peor que nos ha ocurrido, desde que tenemos memoria; pero, como hemos dicho, recordar no tiene como finalidad lamentarnos.

Eso hacen los mendigos o los que, por defectos cerebrales, buscan que se les dé obligado cariño o compasión. Para nosotros, en cambio, recordar los daños que recibimos hace 22 años es oportuno para revisar lo que hicimos bien y aplicarlo en las nuevas soluciones que tenemos que usar en la crisis que representa el huracán Eta, para desde allí desarrollar un protocolo de aplicación inmediata, sin inventar el agua caliente, como hacemos casi siempre que tenemos que bregar con una dificultad de carácter local o nacional.


El país no estaba preparado, no somos una sociedad previsora que guarda, como las mujeres inteligentes, un poco de recursos para los malos tiempos. Tampoco teníamos los códigos de construcción imaginados para evitar que las obras físicas, en el caso de los puentes, se nos vinieran abajo como las cartas de una torre gigantesca. Y no teníamos a la población preparada porque, además de la tendencia a improvisar, la información que disponíamos era incompleta. El mejor ejemplo es que el presidente Flores casi se queda aislado en SPS, incomunicado de sus principales subordinados, sin la estructura comunicacional con la cual ordenar y crear un sistema de contactos efectivo para la toma de decisiones.


En lo positivo hay que señalar el liderazgo del Gobierno y, especialmente, su titular Carlos Flores, que asumió la representación nacional, no tanto en el detalle –cosa que le honra–, sino que en la representación de Honduras. Su presencia, su cercanía ante el problema y su liderazgo frente a la comunidad internacional fue relevante. Al grado que tiempo después de los hechos todavía seguía manejando una operación de relaciones públicas inigualable, en la que la comunidad internacional no nos abandonó, como les ha ocurrido a otros países de más débil liderazgo. Asimismo, hay que señalar dos cosas adicionales: sabiendo Flores que no gozábamos de la confianza internacional entregó el manejo de la ayuda a la ONU y les ofreció a los países cooperantes que escogieran los puentes por reconstruir, de una red vial que había sido inutilizada en un 90 por ciento.

Y al final, las dos cosas más exitosas: Flores le dio paso a la solución de largo plazo –la lucha contra la pobreza y la condonación de la deuda externa– dos obstáculos que comprometían la estabilidad. Estas dos cosas fueron posiblemente los resultados positivos más importantes. El que los Gobiernos que le sucedieran no le dieran la continuidad debida es parte de la manera de ser de una sociedad que, desde antes de la llegada de los españoles, destruía las estelas conmemorativas de los antecesores para sobre sus bases elevar las elegiacas en favor de los nuevos gobernantes. Costumbre que seguimos viendo en Tegucigalpa con el Trans 450 y seguirán viendo las futuras generaciones mientras no aprendamos a valorar el pasado y usarlo, no para el ejercicio de la mezquindad, sino que para extraer lecciones que permitan volvernos más fuertes y creativos.


En fin, creemos que la experiencia fue dolorosa en términos de vidas y destrucción de propiedades, pero también fue una oportunidad para el ejemplo y la dignidad. El ejemplo del alcalde de Morolica, que de su pueblo devastado, atravesando montes y cerros llegó a Tegucigalpa para pedir ayuda. La nueva Morolica es un ejemplo, así como el comportamiento profesional de Carlos Flores, mostrando a los donantes que su ayuda era fundamental.