Aprovechando bien el tiempo

En este relato, un amigo le dice al otro: “Sabes, practicando la profesión legal yo sabía mucho. Pasé años estudiando en las mejores escuelas, leyendo los mejores libros que pude conseguir y trabajando con los mejores modelos que los expertos han propuesto. Seguro era un ganador en el juego de las leyes. Sin embargo, ahora me doy cuenta que estaba perdiendo en el juego de la vida. Estaba muy ocupado siguiendo los placeres ‘grandes’ que perdí de vista los pequeños.

Nunca leí todos esos libros que me sugirió mi papá. Nunca desarrollé una amistad de calidad. Nunca aprendí a valorar la buena música. No obstante, todavía creo que soy un afortunado. El ataque al corazón fue mi momento decisivo. Lo creas o no, este me dio una segunda oportunidad para vivir una vida más próspera e inspiradora. Ahora puedo ver la semilla de la enseñanza conjunta a través de mi dolorosa experiencia. Pero más importante: ahora tengo el coraje de abonarla”.

Si lo notó, querido lector, el punto crucial es este: sentirse bien, o mejor, sentirse demasiado bien. Y cuando nos sentimos demasiado bien, como dice la canción, “es fácil poner la mirada en cosas que perecerán”. No esperemos, entonces, hasta padecer de una dolorosa experiencia para ponerla en aquello que es duradero. “Miren, pues, con diligencia cómo andan, no como necios sino como sabios”, escribió el apóstol Pablo. Y luego le unió: “Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15-16). Valorar al cónyuge y serle fiel por lo que es no por como luce, es aprovechar bien el tiempo. Dedicarles horas de calidad a los hijos también.

Leer, instruirse, reflexionar… es actuar como sabios y no como necios. Pero ante todo, escuchar la voz de Dios. Jesús le dijo a Marta, luego de la queja de ésta hacia su hermana ya que aquella prefería escuchar al Maestro en lugar de hacer algo por los quehaceres de la casa: “Solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:42).