Evangelización y transformación social

La evangelización entendida como el acto de predicar la buena nueva de Jesús, es una función propia de la Iglesia y de cada uno de sus miembros, muy especialmente de la familia, como núcleo evangelizado y evangelizador. Los frutos de dicha evangelización afectan positivamente a las familias y a la sociedad en general.

Es necesario dejar claro que no existe ningún campo de la acción humana que esté al margen de la evangelización. Toda la acción del hombre y la mujer es destinataria de la evangelización en orden de conducirles a la salvación integral, terrena y trascendente.

La evangelización de lo social no es exclusiva al ámbito privado de las relaciones interpersonales, sino que el término social evoca la natural condición del hombre y de la mujer en sus diversos ámbitos. Así lo social implica lo político, lo económico, lo cultural, lo ambiental.

Hablar de evangelizar lo social es hablar de evangelizar todas estas dimensiones.

Tanto la Iglesia como el Estado son independientes y autónomos. Lo que no excluye la necesaria colaboración, siempre que esté al servicio del bien común, especialmente, de los grupos más vulnerables, donde la vida está más amenazada. En este marco, la Iglesia ha establecido relaciones formales de alcance jurídico con las instituciones estatales.

Se han firmado convenios de mutua colaboración con el ministerio de salud para remodelar el hospital Leonardo Martínez y así nació la obra “Don de Jesús”. La Iglesia y el Ministerio de Salud en representación del Estado unieron esfuerzos para dar inicio a un servicio específico a los enfermos de vih-sida. Una vez que el proyecto alcanzó su madurez, ambas instituciones continuaron el servicio a los enfermos desde sus propias dimensiones y recursos.

No obstante, se nos presenta, en el actual contexto de la pandemia y de crisis global, el reto enorme de alentar la esperanza y la fe que actúa por la caridad en el ámbito social.

En este sentido son providenciales las palabras del papa Francisco, en su reciente encíclica Fratelli Tutti, sobre la fraternidad y la amistad social, con las que insta a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad a promover el bien común mediante los valores que conducen a los ciudadanos al desarrollo humano integral. Verdaderamente, es posible luchar contra el desaliento social, la pobreza y la exclusión, y evangelizar con el compromiso social, esto es “pensar y actuar en términos de comunidad, luchar contra las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad; exigir un Estado presente y activo, que invierta en favor de los frágiles; asegurando que nadie quede excluido; y procurando una paz duradera desde una ética global de solidaridad y servicio”.


Sin olvidar el esfuerzo conjunto ya realizado por la Iglesia y el Estado en nuestro país, ambos aún tienen una deuda pendiente, para que, sin renunciar a su propia identidad y con el vínculo de la amistad social, según el espíritu de Cristo, podamos aunar esfuerzos con otras expresiones de la sociedad civil para promover estructuras incluyentes, que promuevan la igual dignidad de la persona humana, como hijos e hijas de Dios.