El fondo

No me refiero al conocido, cuestionado y temido organismo crediticio internacional, más conocido por sus siglas como FMI. Pienso en otro fondo, el nuestro propio, tanto a nivel individual como en el sentido colectivo de nación, y me hago la inevitable pregunta: ¿Habremos tocado fondo ya o estaremos a punto de hacerlo? La interrogante es válida, aunque su respuesta no sea ni fácil ni estimulante.


El lento pero efectivo deslizamiento hacia el abismo parece ser inevitable. La sociedad hondureña, atrapada entre la confusión y la desidia, triturada groseramente en su dignidad e inteligencia, menospreciada por quienes dicen ser o pretenden convertirse en sus dirigentes, aguanta y sufre, con paciencia desesperante, las burlas, las ofensas y la agresión constante contra su más elemental sentido común y espíritu de decencia.


Entre las más recientes ofensas a la maltratada dignidad colectiva destaca por su magnitud y atrevimiento la anunciada creación e instalación física de dos zonas especiales de desarrollo económico (zede), una en la isla de Roatán y otra en la norteña ciudad de Choloma. Ambas zede están siendo instaladas de manera ilegal y arbitraria. El Congreso Nacional, aprovechando el clima de confusión y temor por la pandemia del covid-19, más el laberinto digital en que están envueltas las sesiones legislativas a causa de la peste desatada, ha dado vía libre para la creación de esos “enclaves especiales” que convierten al país en un simple y degradado territorio en venta. Como en el pasado, el enclave bananero, hoy surgen los enclaves institucionales, peores y más amenazantes que aquel.


Es la vieja tradición del entreguismo criollo, la deleznable conducta del cipayo, la antigua norma que nos dice que no hay amo extranjero sin sirviente nacional. La tradición viene de lejos. Revolviendo papeles ya casi olvidados, he encontrado perlas como esta: con fecha 24 de octubre de 1962, el embajador norteamericano de entonces, Charles R. Burrows, informó al Departamento de Estado, con “calidad prioritaria”, lo siguiente: “Esta mañana el presidente Villeda me avisó que mañana se dirigirá por radio a la nación. También ofreció informalmente el uso de Puerto Castilla como base de desembarco y submarinos si fuere necesario en cualquier tiempo”.

Para que la oferta no se quedara en el vacío, dos días después, el representante hondureño ante el Consejo de la Organización de Estados Americanos, Céleo Dávila, dirigió una carta a ese organismo reiterando la generosa oferta hecha por Villeda Morales para que los Estados Unidos pudieran disponer de “facilidades portuarias, bases aéreas y cualquier otra instalación del país que fuere necesaria…” ¡Caballeros regalones!, como se les llamaba en esos tiempos.
Más adelante en la historia, Roberto Suazo Córdova, aprovechando su condición de presidente de estas honduras, sugirió abiertamente su anhelo de que el país se convirtiera en el estado número 51 de la Unión Americana. La ignominia, por lo visto, no tiene límites ni en el tiempo ni en el espacio.


Como si la entrega de amplios espacios del territorio nacional no fuera suficiente, ni bastara para sentirnos ofendidos e insultados, los promotores de ese delito siguen, como si nada, tratando de continuar en el ejercicio arbitrario del Gobierno. Y nosotros, por lo visto, permitiéndoles esa continuidad vergonzosa y lacerante.


Y para colmo de males, en un acto que refleja la profunda degradación de la política local, se suman a la juerga electoral precandidatos de dudosa integralidad ética, caballeros de buen vestir y malas artes, “señoritos con aspecto de floreros”, como decía el poeta, que pretenden dirigir en provecho de su clan y de la élite los destinos de un país que, por mil razones, merece mejor suerte y futuro. Si eso llegara a suceder, si esos señoritos, volviendo por sus fueros, retomaran las riendas de Honduras, entonces sí podríamos responder a la pregunta original, sin temor a equivocarnos, que ya hemos llegado al fondo. ¡Buen provecho!