Prioridades para la sostenibilidad

Una de las grandes interrogantes que estaría rondando en las empresas que han decidido incorporar la responsabilidad social empresarial (RSE) como filosofía de gestión de negocios, probablemente es ¿hacia dónde direccionar los recursos en esta etapa?


Algunos más quizá se pregunten si es momento de abandonar la RSE y volver al pensamiento de los negocios como siempre han sido, considerando únicamente las responsabilidades de generar riqueza, crecer y permanecer en el tiempo. La respuesta debe ser un contundente no.


Ahora, como nunca antes, se requiere de la responsabilidad social no solamente de las empresas, sino de todos los sectores para salir adelante y buscar un mejor futuro compartido.

Hoy, con mayores argumentos que antes, nos damos cuenta que el desarrollo debe ser integral, considerando las tres dimensiones: económica, social y ambiental.


Es entendible que en momentos de crisis las empresas reduzcan presupuesto destinado al desarrollo de la comunidad, en función de su propia sobrevivencia; pero esto debe ser una medida temporal, para luego recuperar paulatinamente la función social de la empresa, que va más allá de lo transaccional, para convertirse en la creación y fortalecimiento de relaciones de confianza mutua, desde una perspectiva de ganar-ganar.


Pero, ¿qué temas priorizamos? Hace pocos días, en un foro de la televisión nacional, Eduardo Almeida, representante del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) recomendó al Gobierno implementar políticas de generación de empleo a corto y largo plazo, y fortalecer la educación.


Esa priorización de temas es posible asumirla también en las empresas, dando especial atención a la generación de empleo, la calidad del mismo, la educación formal e informal y, de acuerdo a la valoración de cada caso y del sector respectivo, orientarse a temas como seguridad alimentaria, apoyo al acceso a condiciones de agua y saneamiento básico, entre otros.


La educación es clave para la transformación, no solamente en las aulas de clase, sino también en las empresas que deben crear o fortalecer iniciativas de desarrollo del talento humano.


Especialmente en contextos como el nuestro, en el que hay un abanico de oportunidades de apoyo a la comunidad, en función de las grandes carencias que tenemos, las empresas deben dar espacio a la acción filantrópica, que se diferencia de la RSE en cuanto a que únicamente satisface necesidades inmediatas y no busca resolver la causa raíz.


La pandemia acentuará aún más las desigualdades de la región, ha manifestado la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Eso en sí mismo implica que debe existir un esfuerzo por llevar a cabo acciones orientadas a la sostenibilidad, tanto como a la filantropía. Hoy, más que nunca, es necesario admitir que urgimos contar con una hoja de ruta compartida, que ya existía y que debe ser asumida por todos: La Agenda 2030 y los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS) propuestos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Las metas, aunque ambiciosas especialmente para la realidad que nos dejará la pandemia, son necesarias para alinear los esfuerzos no solamente de los Gobiernos, sino también de las empresas que están llamadas a jugar un rol de primer orden en el llamado a no dejar a nadie atrás.


En un período preelectoral vale la pena que los ciudadanos conscientes llamemos la atención de los políticos a presentarnos cuáles son sus planes en relación con la Agenda 2030. Es una forma sana de orientar el proceso hacia algo mucho más productivo que las arengas políticas y las musarañas a las que nos tienen acostumbrados. Elevemos el nivel de interlocución, que la sostenibilidad es nuestro futuro y con eso no se juega.