Caravana de soñadores

Las caravanas de emigrantes soñadores van viendo para adelante, porque sienten de cualquier manera lograrán el sueño americano y jamás vuelven a ver hacia atrás, porque huyen de una pesadilla de su propio país.

Estos éxodos de hombres y mujeres de cualquier edad, desde un anciano que ni el peso de los años le detiene, hasta un inocente bebe en un viejo coche abraza un fresco de botella de cualquier sabor.

Es lamentable cómo cualquier cantidad de jóvenes de ambos sexos, la mejor materia prima del desarrollo de los pueblos, se fugan de un país que los mira nacer y luego partir.

Honduras, una nación bendecida por Dios, por sus grandes bendiciones naturales, sus mares, ríos y montañas. Sus bondades agroforestales y ciudades industriales, como la capital de San Pedro Sula.

Pero también maldecida por los distintos Gobiernos en especial los dos últimos, que forman una mafia entre los tres poderes del Estado que irrespetan a su gente, donde una Constitución la estiran y la encogen para sus propios intereses, un código penal reformado por delincuentes.

Un ejecutivo contaminado con una ilícita reelección, un Poder Judicial que le ha arrebatado la balanza de la justicia a la diosa Temis en la capital Tegucigalpa y un Congreso Nacional, convertido en una guarida de todo tipo de alimañas ponzoñosas.

Un país con 9,300,000 habitantes, donde la mayor parte tiene condiciones para ser parte de la población económicamente activa, pero el mayor porcentaje forma parte de los batallones del desempleo.

Pues el año pasado, 2019, cerró con un aproximado de dos millones de desempleados, es decir, el 40% de la fuerza laboral.

Desde marzo del año 2020, el coronavirus aumentó el número de miserables e igual crecieron los millonarios corruptos en un país llamando Honduras.