Mismas acciones, iguales resultados

Puede parecer raro a más de alguno. Aquí, especialmente entre los que están obligados a ser los más ilustrados se observa la incapacidad para diferenciar las causas de los efectos.

Por ello, el problema que afecta las playas hondureñas en donde el Motagua –la gran cloaca que sirve de desaguadero a Guatemala y a los municipios hondureños del Merendón, para depositar sus suciedades en el mar Caribe– los funcionarios de los dos países siguen hablando de soluciones infantiles como la colocación de barreras, que han demostrado su inutilidad, en vez de enfrentar las causas del problema.

Que en términos sencillos tiene que ver con el manejo de la basura y la negación de usar las aguas del Motagua como cloaca general de la cuenca entre los dos países. Quienes siguen hablando de barreras nuevas, de reparación de las dañadas, no entienden el problema porque, como los niños, se olvidan que para resolver un problema no hay que ir a los efectos, sino que a las causas.

Y lo más grave es que no hay problema sin causa. Y que, la relación de causa y efecto es fundamental en el conocimiento de lo irregular, tanto en la descriptivo como en la construcción de soluciones verdaderas.

No somos pocos los que nos sorprendemos por la ingenuidad de los universitarios de ahora. Ya sabíamos de su falta de espíritu crítico y su capacidad para usar la inteligencia en construir, más que repetir ingenuamente lo más fácil y poco efectivo, soluciones duraderas, efectivas y adecuadas que no son otras que aquellas que resuelven los problemas.

Honduras y Guatemala tienen el comportamiento típico de los países pobres. No saben qué hacer con la basura. Especialmente, después que se ha producido la urbanización desbocada, el crecimiento de la ciudad y el gozo por usar, irresponsablemente, envases que, en el pasado, reutilizábamos. El uso del plástico, originado en la utilización del petróleo, ha impulsado el empleo de lo desechable, sin desarrollar el concepto de cómo evitar que los mismos dañen el medio ambiente. En la Honduras rural que conocí en los años 60 del siglo pasado, nosotros podíamos anticipar cuáles familias podían ser escogidas en esfuerzos para salir de la pobreza. Aquellas en que los adultos y los niños, todas las tardes, recogían y quemaban la basura. Los patios eran limpios y llenaban de orgullo a los dueños de casa.

Claro, el fuego era una solución para entonces, inicial, lo sabíamos. Porque a largo plazo, cambiábamos una contaminación por otra.

Ahora, los dos países muestran incapacidad de manejar la basura que tiran al río para que este la lleve al mar, como hacemos en el río Choluteca, afectando seriamente el golfo de Fonseca, lo que irresponsablemente, siendo la causa, no sabemos manejar. Mientras otros países viven de la basura –en Tegucigalpa y SPS hay quienes han levantado fortunas haciéndolo en forma privada y exportándola a China– aquí las naciones pobres, mal administradas por gobernantes analfabetos culturalmente, no hayan qué hacer.

No entienden las relaciones de causa y efecto; ni les da la cabeza para descubrir que la protección del medio ambiente –pureza de las aguas, calidad de las tierras, manejo de los desechos sólidos, aguas negras– significa, ni más ni menos, la defensa de la casa común y el bienestar de las generaciones futuras.

Las autoridades de Honduras y Guatemala deben ser más serias. No deben menospreciar el talento ajeno, engañándonos con falsas soluciones, que no enfrentan las causas. Mientras el río Motagua, Ulúa, Chamelecón, el Aguán y Choluteca, solo para mencionar algunos, sigan siendo cloacas de las ciudades y pueblos, no saldremos del subdesarrollo.