El hondureño, personalidad y retos

Darío Banegas me preguntó si el hondureño tenía personalidad. Le dije que sí, pero negativa.

Que aunque el mestizaje había avanzado mucho –con algunas excepciones de poblaciones étnicamente aisladas o los garífunas que, deliberadamente no han querido integrarse —culturalmente mostramos un complejo de inferioridad, una creciente falta de autoestima, una desmesurada admiración por lo extranjero y una falta de orgullo de hondureños, seguido de un limitadísimo orgullo nacional.

Hace años escribí que tenemos dificultades para unirnos y una peligrosa inclinación por la disputa infantil por los detalles – hasta que nos llaman a cenar – mientras descuidamos lo esencial y lo fundamental. Un ejemplo útil para explicar lo dicho anteriormente, lo representan las dificultades que tienen los tres principales partidos políticos para ponerse de acuerdo en la nueva ley electoral y en la suscripción de la convocatoria a las elecciones internas en las que, uno de sus miembros, no la firma.


Esto tiene mucho que ver con el carácter del hondureño que carece de capacidad para diferenciar lo importante de lo accesorio; lo fútil de lo necesario. Y, por supuesto, es fruto de tres expresiones de deterioro teórico que se ha producido en la clase política – perdonen el término que es inapropiado – y que desafortunadamente moldea y configura su comportamiento público.

El primero es quien produce la riqueza nacional y en consecuencia quien es el poder fundamental en esta nuestra sociedad. La mayoría, como niños de pecho, siguen creyendo que el Gobierno es el centro de la vida nacional; que él genera riqueza. Y que, en consecuencia, domina todo, pudiendo hacer todo lo que le da la gana.

La segunda expresión de deterioro teórico es fruto de la pérdida del carácter democrático de los partidos políticos y el modelo raro y sin una valoración seria por los hondureños, que los procesos electorales, en vez de someterlos a la ley, son resultado de los caprichos de los dueños de los partidos que, además, colocan en los órganos que los dirigen a sus “mandaderos”. Y la tercera expresión es el equivocado concepto que el acto legislativo no tiene como finalidad enfrentar dinámicamente un poder en contra de otro, para por un lado crear la base de la división de los poderes estatales y, lo más importante, colocar el derecho al servicio de la ciudadanía para que esta controle al poder.

Como resultado de estas visiones, responsables del atraso que sufre este país, tenemos un espectáculo en que las instituciones republicanas se han venido deteriorando desde 1839 hasta ahora; que la democracia en vez de perfeccionarse ha involucionado, y aunque no tenemos las guerras civiles de antaño,-- gracias a la existencia de las Fuerzas Armadas--, no hemos podido crear una burguesía nacional, estimulando a los que lo desean a la inversión productiva, a la creación de riqueza y a la distribución equitativa del producto social con justicia para abatir la pobreza.
Por ello, en cambio, lo que tenemos es un proceso acelerado de empobrecimiento, un creciente sentimiento de desilusión nacional, una desesperada inclinación para vivir fuera de Honduras y una creciente creencia que ha llegado el momento en que haciendo aguas el barco, las ratas, vía la corrupción, se llevan una parte del queso de todos, para alimentarse en el camino.
No cabe ninguna duda. Tenemos que cambiar, no unas cosas y preservar otras. Todo debe ser removido. El poder debe volver al pueblo; la economía debe estar al servicio de la sociedad, necesitamos imponerse el imperio de la ley, colocar a los partidos al servicio de los ciudadanos, acabando con los caudillos y devolviéndole la libertad al pueblo.