Los que cuentan historias

Desde los albores de esta civilización, desde la época de las cavernas, el homo sapiens ha intentado comunicar las cosas que le han parecido importantes o interesantes.

Siempre ha existido en toda época, en todo grupo, en toda comunidad, en cualquier parte del planeta, una persona que ha sentido la necesidad de contar sus hazañas o los eventos importantes comunes a su localidad. Las reseñas quedaron plasmadas en pinturas rupestres, jeroglíficos y más tarde en el lenguaje escrito. Son ellos los que han hecho posible el conocimiento de la humanidad.

Característicamente, todos tienen una verdad y sienten el mandato de contarla. Creen en ella. Es un fuego interno que los impulsa a escribir. Generalmente todos ellos escriben de sucesos de sus vidas o de situaciones de su entorno. Cada uno tiene su propio estilo de redactarlas.

Hablan de temas diversos aunque tienen predilección sobre determinados aspectos.

Muchas de las verdades que enuncian representan su propia inspiración y no meramente un conocimiento técnico. Algunos han arriesgado sus vidas por plasmar sus ideas. Unos cuantos han desarrollado fama y fortuna por la aceptación de sus escritos.

Otros pasan sus noches sentados al calor de sus sillones favoritos, canalizando a través de palabras, la voz interior que les habla silenciosamente y les dice qué escribir. Pero todos comparten la necesidad de dejar evidencia del paso de esta civilización por este planeta, a través de escritos.

Los que cuentan historias existen en todas las actividades del ser humano. Son iguales al resto. Igual que ellos sufren, enferman, tienen temores, pagan cuentas, ríen y disfrutan las cosas buenas de la vida.

Igual que todos, leen otras verdades, pero tienen esa chispa interior que los hace aislarse por un momento, retirarse a ese espacio conocido sólo por ellos y entregarse al disfrute de entrelazar palabras con mayor o menor cadencia, para contar una buena historia. Una hazaña. Una pasión. Un dolor.

Por eso cuentan historias. Porque pueden hacerlo. Porque se gozan en ello. Porque es una manera elegante de dar rienda suelta a la imaginación y la creatividad. De transmitir algo que no saben de dónde viene, pero que se siente como verdadero. Porque entretienen. Porque dejan huella.

Y porque sin lugar a dudas tienen esa extraña habilidad de llevarnos a los límites del espíritu humano en sus narraciones.