La luz que no se esconde

Permítanme hablarles de la cruz. Según el diccionario, la cruz es un patíbulo o lugar donde se ejecuta la pena de muerte. Por su forma distintiva de hacerlo (clavando o sujetando las manos y pies de los condenados), también es un suplicio. La historia es clara en este sentido: “Los romanos la perfeccionaron como forma de castigo y tortura para producir una muerte lenta, con máximo dolor y sufrimiento”.

Y la Biblia la menciona como algo degradante al decir que Jesús “se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales” (Filipenses 2:8 NTV). Sin embargo, la cruz, con todo ese carácter grotesco, ruin, despreciable y vergonzoso, también es luz para nosotros, gracias a Cristo. Esto es lo que el cantante le ruega a Dios después de voltearla a ver: “Déjame besar la cruz, si es por ella que yo vi tu luz, hoy déjame besar la cruz, bendito el nombre de Jesús”. En la Biblia encontramos un versículo que dice: “Nadie enciende una lámpara para esconderla, o para ponerla debajo de un cajón.

Todo lo contrario: se pone en un lugar alto, para que alumbre a todos los que entran a la casa” (Lucas 11:33 TLA). Eso fue, pues, lo que ciertamente sucedió al momento de ser levantado Jesús en la cruz. ¡Se iluminó el cerro! ¡Se iluminó la ciudad! ¡Se iluminó el mundo! ¿Puede ver usted también la luz, querido lector? Lo que les escribo —garabateó el apóstol—, es un mandamiento nuevo, cuya verdad se manifiesta tanto en la vida de Cristo como en la de ustedes, porque la oscuridad se va desvaneciendo y ya brilla la luz verdadera” (1 Juan 2:8 NVI).

Que esa luz sea, entonces, la que ilumine diariamente nuestro andar para que no nos sorprendan las tinieblas; el que anda en oscuridad no sabe adónde va, dice el Maestro (Juan 12:35).