Sin latinos no hay Casa Blanca

Es un ritual predecible y, muchas veces, cargado de cinismo y ambición política. Cada cuatro años, sin excepción, los dos principales partidos políticos tratan de enamorar a los electores latinos para que voten por su candidato a la Presidencia. El objetivo es claro: sin latinos no hay Casa Blanca.

Bueno, es tan obvio y desvergonzado el espectáculo que hasta le han dado un nombre: el síndrome de Cristóbal Colón. Es como si republicanos y demócratas nos redescubrieran cada cuatro años para, luego, olvidarse de nosotros hasta la siguiente elección.

​Y conforme crece el número de votantes hispanos, el proceso de convencimiento se ha hecho mucho más sofisticado. Lo que comenzó con el candidato pronunciando unas palabritas en español -Ronald Reagan solo dijo “Muchas gracias” en un discurso dirigido a latinos a menos de dos meses de las elecciones de 1984- pasó a convertirse en promesas muy específicas, como la que hizo Barack Obama antes de las votaciones de 2008 diciendo que presentaría al Congreso una reforma migratoria (algo que, finalmente, no cumplió).

En este 2020, el ritual está en todo su apogeo. Trump presume que, antes de la pandemia, los hispanos tuvieron los índices de desempleo más bajos de la historia. Y como parte de los eventos de la pasada convención republicana, el presidente Donald Trump realizó una ceremonia de naturalización en la Casa Blanca con cinco nuevos ciudadanos para demostrar su compromiso con los inmigrantes.

Pero esto contrasta con un Gobierno que durante los últimos años ha atacado constantemente a los inmigrantes: separó a más de cinco mil niños de sus padres en la frontera, puso a algunos de esos menores en jaulas, intentó sin éxito terminar con el programa que protege a más de 700,000 dreamers y recientemente volvió a referirse a los inmigrantes como “asesinos” y “violadores”. Por lo anterior no extraña que uno de los cinco nuevos ciudadanos estadounidenses de la ceremonia en la Casa Blanca -el boliviano Robert Ramírez- no quisiera decir si votaría por Trump. “Voy a votar”, dijo a Univisión, “pero mi voto es privado”.

Los demócratas también prometen, y mucho. El candidato presidencial del Partido Demócrata, el exvicepresidente Joe Biden, prometió en un tuit lo que millones de inmigrantes latinos han estado esperando por décadas. “Esta es mi promesa para ustedes”, escribió en Twitter. “En mi primer día enviaré una propuesta al Congreso para que haya un camino a la ciudadanía para los dreamers y para los 11 millones de indocumentados que fortalecen nuestra nación. Hace mucho debió hacerse”.

​Sí, hace mucho. La administración Obama-Biden no cumplió con su promesa de 2008 y, además, deportó a más de tres millones de indocumentados en sus ocho años de mandato. La nueva promesa de Biden es fundamental para corregir un error del pasado y recuperar la confianza de los latinos, pero levanta sospechas entre los que creen que el Partido Demócrata toma el voto de los latinos por un hecho.

Tanto Biden como Trump tienen razón en tratar de atraer a los votantes latinos, ellos podrían escoger al próximo presidente de Estados Unidos. En este 2020 habrá 32 millones de votantes hispanos elegibles para votar, más que nunca, y, por primera vez, más incluso que los votantes afroamericanos, según el Centro Pew.

​El poder del voto latino es evidente en estados como Florida y Arizona. Si más hispanos hubieran salido a votar en esos dos lugares en 2016 posiblemente Trump no sería presidente, pero más de la mitad de los latinos elegibles para votar en todo el país no lo hicieron y la historia se escribió en Michigan, Pennsylvania y Wisconsin.

A pesar de los insultos racistas de Donald Trump contra los inmigrantes mexicanos durante la pasada campaña -“traen drogas, traen el crimen, son violadores”- obtuvo el 28 por ciento del voto latino, mucho menos que el 66 por ciento obtenido por Hillary Clinton pero suficiente para ganar la elección. Claramente para esos votantes hispanos los insultos de Trump contra los inmigrantes y contra las mujeres -en el famoso video de Access Hollywood- no descalificaron a un candidato que ofrecía oportunidades económicas, un muro y mano dura contra las dictaduras de Cuba y Venezuela.

​Independientemente de quien gane las elecciones del 3 de noviembre, el futuro es hispano. A mí me ha tocado surfear la gigantesca ola latina. Cuando llegué a Estados Unidos en 1983 había unos 14 millones de hispanos, ahora somos más de 61 millones, y en menos de tres décadas llegaremos a los 100 millones de habitantes. ​

Lo que esto significa, políticamente, es que nadie podrá ocupar un puesto de poder en Estados Unidos sin el voto o el apoyo de los latinos. Karl Rove, el principal asesor del presidente George W. Bush, lo entendió perfectamente. En 2004, Bush obtuvo el 44 por ciento del voto latino, más que cualquier otro candidato presidencial republicano. Fue la primera vez que los republicanos aspiraron a dividir por la mitad el voto latino y materializar el dicho atribuido a Ronald Reagan: “Los latinos son republicanos, solo que no lo saben todavía”.

Pero en lugar de seguir buscando el voto latino, los republicanos le dieron la espalda; por ejemplo, el candidato presidencial Mitt Romney propuso la “autodeportación” de indocumentados en 2012, y Trump, cuatro años después, anunció la construcción de un muro en la frontera que pagaría México. Así no se gana el alma y el respeto de los latinos, muchos de los cuales son inmigrantes o tienen su origen en América Latina.

​Históricamente, los latinos han votado más por los demócratas que por los republicanos. Y en esta elección, Joe Biden tiene el 66 por ciento de la intención de voto de los hispanos, frente a un 24 por ciento para Trump, según una encuesta de Latino Decisions de mediados de agosto. Si Trump no logra aumentar el número de votantes latinos es muy posible que pierda la reelección.

El voto latino es cada vez más poderoso, diverso y sofisticado. Y a cambio de ese voto -que puede poner o quitar a un presidente- la comunidad espera a cambio algo concreto, no solo palabritas en español y promesas vacías. La actual realidad de la política en Estados Unidos es que las puertas de la Casa Blanca las abren y las cierran los latinos, ese también es un nuevo ritual.