Lo que nos deja la pandemia

Luego de leer noticias, análisis y comentarios en redes sociales es difícil no preguntarse: ¿Nos ha dejado algo bueno la pandemia?

Sin lugar a dudas, ha significado mucho dolor para miles de familias; ha traído pérdidas de todo tipo, desde las económicas hasta las de salud, que han llevado a la muerte de muchas personas. Situaciones como la que aún estamos pasando tienen la cualidad de sacar lo mejor y también lo peor de nosotros.

Pero eso de sacar lo mejor y lo peor no se aplica solamente a los individuos, sino también a las organizaciones, por eso es válido repreguntarse: ¿Habrá algo que valorar dentro de esta historia inacabada? Probablemente sí. Veamos.

La pandemia nos ha estremecido y nos ha hecho salir de la zona de confort. No importa si esa zona era buena o mala. “Acostumbrarse es otra forma de morir” leí recientemente en una publicación en redes sociales, y en cierta forma lo es.

Cuando nos acomodamos perdemos la capacidad de evolucionar, de adaptarnos a los cambios y por ende a crecer. Desde esa perspectiva, la pandemia nos ha hecho repensarnos en futuro, tomar decisiones y actuar frente al mundo que sigue desarrollándose con o sin nuestra participación.

Que nadie quede atrás, dice la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, planteada por la Organización de Naciones Unidas. Un desafío enorme si consideramos las profundas desigualdades sociales tanto en el plano internacional como dentro de cada país.

Hay que asumir ese desafío si deseamos construir una nueva Honduras, no solamente de palabras, sino de realidades.

Hay que admitirlo: la pandemia nos ha hecho reinventarnos con mayor rapidez y ha puesto en el centro de la atención la relevancia del desarrollo sostenible, inclusivo e integral.

La pandemia ha logrado, como efecto colateral, que analicemos la relevancia de la articulación de acciones entre Gobiernos, empresa privada y sociedad civil organizada, con sus propias diferencias, y a pesar de ellas cada quien desde lo que mejor sabe hacer.

Ha significado también despertar del letargo del conformismo, del no se puede, de la resignación, por una actitud más beligerante, que demanda el cumplimiento de derechos, pero también con conciencia de deberes.

Hoy por hoy, los temas de inversión en salud y educación han dejado de ser parte solamente del discurso del Estado, para compartirse con los demás sectores que actúan y demandan transparencia y rendición de cuentas.

Pero no la transparencia de la corrupción. El destape de muchos actos que rayan en la total desvergüenza debe significar un cambio del ser y el hacer de una nueva clase política, más empática con el pueblo, más consciente de su rol de servidores públicos.

La pandemia nos ha permitido reconocer la enorme importancia de la transformación digital en todos los ámbitos de la vida de una nación, la necesidad urgente de transformar la educación, a partir de la formación docente.

También nos ha hecho ver las consecuencias de la insuficiente inversión pública en materia de salud, la relevancia de los gobiernos locales, la necesidad de la acción responsable de una ciudadanía que muchas veces asume un rol pasivo en su propio destino, dejando en manos solamente del Gobierno, aquello que nos compete a todos, cada quien desde el cumplimiento de su propio deber.

La pandemia nos ha dejado pérdidas, es cierto, unas más grandes que otras, pero también nos ha enseñado el poder de la participación ciudadana, especialmente de la juventud, que busca formas creativas de expresarse y de ser tomada en cuenta.

Lograr canalizar esas energías y ese ímpetu por cambiar aquello que se considera equivocado, es desde ya un nuevo reto. Ojalá aprendamos a valorar y especialmente a actuar.