Liberándome del pasado

“Los sages (en filosofía clásica, personas que han alcanzado la sabiduría) me enseñaron que en un día promedio una persona examina alrededor de 60,000 pensamientos en su mente. Pero lo que realmente me asombró —continuó diciendo Julián, personaje de la novela The Monk Who Sold His Ferrari— fue que el 95% de esos pensamientos son los mismos que fueron examinados el día anterior”. Esta es, pues, la tiranía de una mente empobrecida.


Aquel que tiene los mismos pensamientos cada día, muchos de ellos negativos, ha caído en un mal hábito. En vez de concentrarse en lo bueno de su vida y en atinar caminos que hagan que las cosas marchen mejor, sigue cautivo de su pasado. Sin duda el profeta y el apóstol entendían bien esto. E, incluso, me atrevería a decir que mejor que los sages: “Y ahora, Dios le dice a su pueblo: ‘No recuerden ni piensen más en las cosas del pasado. Yo voy a hacer algo nuevo, y ya he empezado a hacerlo.


Estoy abriendo un camino en el desierto y haré brotar ríos en la tierra seca’”, (Isaías 43:18-19 TLA). Esto se cumplió perfectamente en Jesús, cuando dice la Biblia que le dijo a la Samaritana: “El que beba del agua que yo doy nunca más tendrá sed. Porque esa agua es como un manantial del que brota vida eterna” (Juan 4:14 TLA). Por eso el apóstol —quien bebiera del agua de Jesús camino a Damasco— pudo decir con convicción en una ocasión:

“Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17 NVI). Él expresa, además, la clave para tener una mente enriquecida en otro pasaje: “He decidido no fijarme en lo que ya he recorrido, sino que ahora me concentro en lo que me falta por recorrer… para llevarme el premio que Dios nos llama a recibir por medio de Jesucristo” (Filipenses 3:13-14 TLA).