¿Es “progresaurio” el presidente AMLO?

Al igual que el presidente Donald Trump, el presidente populista de México, Andrés Manuel López Obrador, suele decir cosas disparatadas, a menudo para desviar la atención pública de problemas más grandes. Pero los comentarios recientes del presidente mexicano sobre los estudios en el extranjero merecen atención, porque son aún más descabellados que de costumbre.

En una de sus conferencias de prensa, López Obrador dijo que gran parte de los problemas de México se deben al hecho de que muchos de sus economistas y expertos en políticas públicas han estudiado en el extranjero.

Citando la novela de Mario Puzo “El Padrino”, observó que el capo de la mafia Don Corleone había enviado a su hijo a estudiar al extranjero, agregando que “los que más daño le han hecho al país son los que supuestamente tienen más conocimiento”.

López Obrador, quien tardó 14 años en completar sus estudios universitarios en México y ha viajado al extranjero muy pocas veces en su vida, estaba amplificando el viejo mito de que los jóvenes de la región que estudian en universidades extranjeras causan una “fuga de cerebros” que perjudica a sus países.

De hecho, es todo lo contrario. El concepto anticuado de “fuga de cerebros” ha sido reemplazado desde hace varias décadas por el de la “circulación de cerebros”. La “circulación de cerebros” —los jóvenes que estudian en el extranjero y luego contribuyen a sus países de origen— ha sido una de las principales razones del éxito de China, India, Corea del Sur y otros países en expandir sus economías y reducir la pobreza.

No es coincidencia que, a pesar del reciente intento de Trump de cancelar las visas de muchos de ellos, actualmente hay 369,000 estudiantes de China, 202,000 de India y 52,000 de Corea del Sur en las universidades de Estados Unidos, según el Instituto de Educación Internacional.

En comparación, solo hay 16,000 estudiantes de Brasil, 15,000 estudiantes de México, 8,000 de Colombia y 2,400 de Argentina en universidades estadounidenses. Incluso, Vietnam, un país comunista, tiene 24,000 estudiantes en universidades estadounidenses, más que cualquier país latinoamericano. En mis viajes a China, India, Corea del Sur y otros países asiáticos, nunca me encontré con críticas a la “fuga de cerebros”. Por el contrario, casi siempre me dijeron que los estudiantes que van a las mejores universidades del mundo en Estados Unidos o Europa a menudo terminan contribuyendo a sus países de origen.

Algunos regresan a sus países de origen con mayores conocimientos y contactos que les permiten sobresalir en las universidades de sus propios países. Otros permanecen en el exterior y con frecuencia se convierten en empresarios exitosos que eventualmente invierten en sus países de origen.

India es un perfecto ejemplo de cómo la “circulación cerebral” ha ayudado a crecer a un país pobre. Miles de estudiantes de ingeniería indios fueron a estudiar a universidades de Estados Unidos en la década de 1990 y se quedaron después de graduarse. Muchos de ellos trabajaron en empresas de tecnología estadounidenses y luego establecieron sus propias empresas de software.

Pronto descubrieron que podían contratar a ingenieros de software en India por muchísimo menos dinero que en Estados Unidos, y comenzaron a subcontratar trabajos de ingeniería en Bangalore. Esa ciudad se convirtió en un gran centro tecnológico y en un importante motor de la economía de India.

Pero López Obrador se aferra a la creencia obsoleta de que la “fuga de cerebros” perjudica a sus países. ¿Es un “progresaurio”, como se podría llamar a los dinosaurios políticos que se autocalifican de progresistas?

Quizás López Obrador esté feliz de que sus comentarios sobre los estudiantes en el extranjero sean noticia, y desvíen la atención pública del colapso del 10.5% de la economía del país este año, sus 40,000 muertes de covid-19, o el aterrador video de un convoy de vehículos militares de un cartel del narcotráfico que apareció hace pocos días. Pero esta declaración de López Obrador debe ser denunciada por lo que es: un gran ejemplo de pensamiento obsoleto, que puede hacer mucho daño a la región si no es rebatido de inmediato.