Gustar, querer, amar

En la vida ciudadana, en el mundo del trabajo y en el ámbito familiar, se presentan situaciones en las que es necesario echar mano de un sentido de compromiso que va mucho más allá de una atracción superficial o de una corriente de simpatía.

Hay cosas en la vida que nos gustan, que nos llaman la atención, que nos entretienen o que nos divierten. Suelen ser cosas a las que durante algunos años les dedicamos tiempo e incluso llegamos a pensar que serán definitivas en nuestra vida; y, luego, pasado algún tiempo, caemos en cuenta que no es aquello a lo que queremos dedicarnos el resto de nuestra existencia y, entonces, nos echamos para atrás y dirigimos nuestra mirada hacia otro sitio o hacia otra persona. Pasa, por ejemplo, con las primeras relaciones sentimentales adolescentes. De pronto conocemos a alguien que nos deslumbra, que nos entusiasma, que nos gusta; alguien en quien pensamos con frecuencia, con quien nos gusta conversar o estar; alguien que parece ser con la que deseamos pasar el resto de la vida. Y, después de poco tiempo, todo se desvanece y terminamos por olvidar hasta el nombre de aquella sobre cuyo altar estábamos dispuestos a inmolarnos.

También pasa esto cuando nos toca elegir carrera. Cierto que hay gente que, casi desde la infancia, ya sabe para qué ha nacido y a que se va a dedicar cuando llegue a la adultez. Pero muchísimos cambian más de una vez de carrera u ocupación, ya sea mientras realizan estudios o cuando ya se han insertado en una actividad laboral. Lo que al principio les hacía ilusión acaba por producirles fastidio y, por lo mismo, echan por la borda planes y proyectos que en algún momento les parecieron fundamentales.

Este hecho, el de que nos cansemos, nos decepcionemos o nos aburramos de algo, puede causar dificultades en nuestro desarrollo personal o profesional. Y la causa de todo esto es que a veces no somos capaces de distinguir entre lo que nos gusta, lo que queremos y lo que amamos; aunque suene a balada mexicana.

Que algo o alguien nos guste no es suficiente para construir sobre ello un proyecto de vida sostenible en el tiempo.

Tampoco basta que le echemos ganas a algo, que queramos ir en determinada dirección o que acometamos la concreción de una idea. Falta que empeñemos una apasionada voluntad, que nos decidamos en serio, que quememos las naves a lo Cortés, para hacer un compromiso, sobre todo con nosotros mismos y para no volver la mirada hacia atrás una vez iniciado el camino. Y esto vale para nuestros deberes ciudadanos, para nuestro trabajo y para nuestra relación conyugal.