Consignas en la pandemia

Aunque este período extraño no nos guste, porque el enemigo invisible ha alterado casi todo lo que considerábamos normal, poco a poco nos vamos adaptando y con ello, adoptando algunas nuevas consignas no dichas, que se fortalecen con el paso de los días.

Se trata de ideas preconcebidas, como contraseñas, que vamos dando por ciertas, para participar en este nuevo entorno. Veamos.

La primera: hay que estar ocupados. Si bien es cierto hacer uso adecuado del tiempo, hay que conservar un balance adecuado. Estar ocupados no equivale a ser más productivos y en esta confusión puede estar el problema. No se trata de saturar la agenda de eventos en línea, de reuniones, sino de combinar adecuadamente con otras acciones que permitan mantener la salud tanto física como mental.

En el mundo de las apariencias, transmitir la imagen de persona ocupada y actualizada es vital para muchos. Reaccionar rápido, estar al tanto de todo, casi en el momento en que ocurre, es algo que admiramos y buscamos ser, aunque no siempre lo admitamos, pero cuando se convierte en un afán desmedido podemos estar equivocando el rumbo.

El equilibrio es básico en todo y esto no es la excepción, especialmente en momentos como el que estamos viviendo, en el que las personas deben lidiar con los quehaceres cotidianos y los nuevos, como las medidas de bioseguridad. Se trata de invertir el tiempo en conocimientos, pero también en temas de salud mental, entre ellos el esparcimiento.

Por otra parte, la productividad se mide por los resultados obtenidos, no por el tiempo que pasamos ocupados. Desde ese punto de vista, es mejor actuar selectivamente y aprovechar algo de la enorme oferta de conferencias y capacitaciones en línea, antes que pretender estar en todo a la vez. Vale la pena repensarlo porque el costo puede ser el agotamiento excesivo.
La segunda consigna: dar prioridad a los montos de inversión, por sobre los resultados.

Parece que hemos olvidado el significado de la palabra eficiencia. Ser eficiente es obtener los resultados esperados con la menor cantidad de recursos disponibles; en otras palabras, es lograr los objetivos, con la menor inversión de tiempo y dinero.

Eso es aplicable no solamente a las personas, sino a las organizaciones e incluso al Estado. Nos encanta la información cuantitativa, saber cuánto se ha invertido en un proyecto; entre más grande sea el monto, más admirable nos parece.

El impacto de la inversión –pequeña o grande- es lo que determina si valió la pena, si es admirable o no. ¿Qué información verdadera nos ofrece, por ejemplo, saber cuántos millones han sido destinados a salud pública en momentos de pandemia, si los resultados no son los esperados?

El cuento a medias, es decir, los montos de inversión sin los resultados, es lo que nos produce rechazo, porque encontramos que no hay congruencia entre una y la otra.
Eso no sucede solamente con temas de Estado, sino también en el mundo familiar y laboral.

¿Qué resultados obtuvo el hijo al que se le pagó una tutoría?, ¿qué frutos obtuvimos de la inversión en el programa de mentoría destinado a la superación personal?

Con ejemplos individuales es más fácil comprender que no se trata solamente de esa inversión que probablemente se convirtió en un gasto, sino en el impacto obtenido con ella.

¿Cuáles son las consignas propias que hemos creado y fortalecido en la pandemia? Hay que dedicar tiempo a la reflexión, no solamente a la acción compulsiva. Es tiempo de hacer ajustes.