Aniversario

Acaban de cumplirse once años desde aquel domingo fatídico del 28 de junio de 2009, cuando se produjo el malhadado y siempre repudiado golpe de Estado, mejor conocido ya como el “g

Acaban de cumplirse once años desde aquel domingo fatídico del 28 de junio de 2009, cuando se produjo el malhadado y siempre repudiado golpe de Estado, mejor conocido ya como el “golpe de las élites”. En las primeras horas de ese domingo, recibí llamadas de amigos que transmitían la impactante noticia. Vecinos cercanos a nuestras oficinas del Centro de Documentación de Honduras (CEDOH), a un centenar de metros de la casa de habitación del presidente Manuel Zelaya, nos avisaron del hecho y describieron con detalles el tiroteo y la agresión perpetrada por un comando militar. A pesar de que el presidente era un objetivo indefenso y desarmado, los militares, conducidos por un coronelito bravucón, más ducho en juegos electrónicos de guerra que en combates de verdad, arremetieron contra la vivienda y secuestraron al presidente constitucional.

Con este acto, tan cobarde como delirante, los militares, debidamente estimulados por las élites económicas, políticas y religiosas del país, abrieron la puerta para que su patria se sumiera en una crisis institucional y política, cuyas consecuencias sufrimos todos todavía. Sin saberlo, al expulsar al presidente por la puerta trasera de la Casa de Gobierno, lo introdujeron - ignorantes ellos - por la puerta grande de la historia.

Manuel Zelaya, cuyos planes personales al término de su gestión gubernamental incluían un discreto retiro a sus propiedades rurales, se vio de pronto catapultado a un torbellino de acontecimientos que lo llevaron a convertirse en un protagonista clave de una crisis política internacional de grandes consecuencias. Muchas veces, junto con otros amigos y compañeros, durante nuestras ocasionales y obligadas visitas a verle en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, tuvimos oportunidad de conversar sobre estos temas y valorar en lo que caben los giros irónicos que suele dar la historia.

Pero los golpistas, militares y civiles, no solo se equivocaron en esto. De hecho, erraron en todo. Fueron unos excelentes estrategas del fracaso. Culpaban y perseguían a la débil y dispersa izquierda local, atribuyéndole un poder e influencia sobre Zelaya que nunca tuvo, para al final acabar fortaleciéndola y convirtiéndola en una fuerza política real. Creyeron salvar al sistema de partidos tradicionales y terminaron desarticulando para siempre el viejo equilibrio bipartidista que tan buenos resultados le había dado a las élites. Pensaron que defendían a los grandes medios de comunicación y solo lograron provocar una sensible emigración de audiencia, que dio fortaleza y presencia a varios medios pequeños, pero independientes.

Finalmente, aunque no menos importante, soñaron que combatían contra Hugo Chávez y terminaron peleando con el presidente Barack Obama…y así sucesivamente.

Si su objetivo era derrocar a Zelaya y neutralizar su influencia política, sus resultados fueron al revés: sacaron a un Zelaya a punto del retiro para generar un movimiento “Melista” de grandes proporciones. Derrocaron a Mel y estimularon el “Melismo. Cambiaron, sin proponérselo, la geografía electoral del país, generando una tercera y hasta una cuarta fuerza política, que vinieron a trastocar el viejo andamiaje del bipartidismo tradicional. Todavía hoy, sumidas en el desconcierto, las élites no han logrado ni lograrán restablecer el antiguo equilibrio perdido.

“Cometieron el error de abrir la jaula y dejar salir a los tigres, me dijo un embajador acucioso en su valoración de los hechos. Una vez liberados, agregó, se comieron al domador y ahora se limitan a lamer sus huesos, satisfechos con el inesperado manjar; no quieren volver a la jaula”.

Nunca habría podido imaginarse aquel coronelito altanero el alcance de su agresión innecesaria, los demonios que había soltado y las pestes que había desencadenado.
No hay peor héroe, dice la sabiduría popular, que aquel que sabe que no lo es. El golpista usurpador, en su tartamudeo vacilante gritando “Vivas” repetidas a la Honduras insultada, tampoco tenía el alcance mental suficiente para medir el significado de su propio Thermidor. Ironías de la historia.

La Prensa