“Dreamers” o cómo perder el miedo

La historia parece increíble: un pequeño grupo de jóvenes indocumentados le ha ganado al hombre más poderoso del mundo, Donald Trump, en la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos. Fue una batalla larga y que, al final, se decidió por un solo voto.

Esta es la manera en que lo lograron.

Sus padres los trajeron desde niños a Estados Unidos y, en algún momento de su adolescencia, se enteraron de que eran indocumentados. Lejos de quedarse callados, abrazaron su propia identidad y salieron a luchar. Querían que los reconocieran como lo que son: estadounidenses. El problema es que necesitaban un papel para probarlo.

​Llegaron, en su mayoría, de países pobres y violentos. Aprendieron inglés y corrían el riesgo de ser regresados a naciones que desconocen por completo; pero también aprendieron ese mantra de la cultura estadounidense: si te esfuerzas mucho, puedes lograr cualquier cosa.
Estaban, como sus padres, ante un constante peligro de deportación. Desde los ataques terroristas de 2001, Estados Unidos se ha convertido en un país cada vez más hostil para los extranjeros.

Los mayores habían aprendido a quedarse en silencio, a ser casi invisibles, para sobrevivir, pero los dreamers rápidamente rechazaron esa cultura del silencio y la reemplazaron por una de activismo, vocal y rebelde (lo que en inglés llaman in your face). La mexicana Erika Andiola, por ejemplo, una vez enfrentó al líder de la Cámara de Representantes, John Boehner, mientras desayunaba en una cafetería de Washington. “El primer paso siempre es perder el miedo”, reflexionaría Erika mucho después.

Un grupo de cuatro estudiantes salió caminando desde Miami hasta Washington el 1 de enero de 2010 para denunciar la situación en que vivían. El riesgo era enorme. “Era la primera vez que hacíamos algo así”, me dijo años después Gaby Pacheco, nacida en Ecuador. “Pero ya no íbamos a tener más miedo”.

Ante el fracaso en el Congreso del llamado Dream Act, que no consiguió los votos necesarios, la única alternativa era convencer al presidente Barack Obama de darles algún tipo de protección migratoria. En ese esfuerzo participó Lorella Praeli, quien nació en Perú y perdió una pierna en un accidente. “Cuando yo me caía”, me contó para un libro, “mi papá no me levantaba ni dejaba que nadie me levantara”. Esa perseverancia, y el esfuerzo de muchos más, ayudó a que Obama autorizara Daca en 2012. Esa orden ejecutiva beneficiaría potencialmente a más de un millón de dreamers.

“Cuando yo empecé éramos un grupo de cinco, nunca pensé que fuéramos miles”, me dijo en una vieja entrevista Cristina Jiménez, cofundadora de United We Dream, la organización de dreamers más grande del país. Cristina, nacida en Ecuador, formó parte del primer grupo de estudiantes indocumentados que entró en la Casa Blanca y que le pidió al presidente Obama que detuviera las deportaciones.

Sí, estaban agradecidos con Obama por Daca, pero sus padres y hermanos corrían el riesgo de ser deportados. Ese espíritu de solidaridad -de que estamos en esto juntos- es el que ha caracterizado a los dreamers desde antes de esa primera caminata de Miami a Washington.

Es injusto solo mencionar en esta columna a Erika, Gaby, Lorella y Cristina porque han sido literalmente miles de dreamers los que lograron la histórica decisión de la Corte Suprema de Justicia que les permite, por ahora, quedarse en Estados Unidos protegidos por Daca; pero la lucha no ha terminado.

El presidente Trump, en un tuit lleno de rencor, dijo: “Estas horribles decisiones, políticamente cargadas, de la Corte Suprema son como un tiro de escopeta a la cara de la gente que orgullosamente se llama republicano o conservador”. Si Trump hubiera ganado, hoy habría unas 700,000 personas más en peligro de deportación. En cambio, Joe Biden, el candidato demócrata a la Presidencia, ha dicho que enviaría una propuesta al Congreso su primer día en la Casa Blanca para legalizar permanentemente a los dreamers.

La elección es el 3 de noviembre.

Mientras tanto, la mayor lección de esta histórica decisión en la Corte Suprema es que el primer paso siempre es reconocer el miedo para luego vencerlo. Cuando el silencio no es una opción, pueden pasar cosas maravillosas.