El peligro de la incredulidad

Vivimos en un ambiente de desconfianza, ya lo hemos visto. En Honduras damos mayor credibilidad a lo que nos cuentan los más allegados, que a los comunicados oficiales y muchas veces, a las noticias.


Contrastamos todo con sus respectivas versiones en redes sociales; el señor Google es el “oráculo” de nuestro tiempo, especialmente en momentos como el que vivimos, en el que crece la percepción de amenaza constante.


Invertimos más tiempo en el consumo de contenido -textos, videos y audios- muchas veces sin poner en tela de juicio la veracidad de ellos.


Convertimos la burla en una vía de escape a los problemas colectivos, traducidos en “memes”, en ocasiones creativos, en otras grotescos, como si se tratara de una olla de presión que de vez en cuando deja salir un poco de vapor, para no explotar.


Imposible no recordar el concepto de “aldea global de la información” planteado por el canadiense Marshall MacLuhan, acuñado en los años 70 del siglo pasado, que visualizaba los efectos de la información que sobrepasa barreras de todo tipo, especialmente culturales, identificándonos con otros lejanos físicamente, pero cercanos en cuanto a condición humana, intereses, necesidades e inquietudes.


No se trata de discutir si es bueno o malo vivir en la aldea global, porque es posible encontrar argumentos para ambas posturas. Quizá lo más relevante sea pensar en las condiciones reales –no virtuales- que pueden inclinar la balanza entre lo adecuado y sano para la sociedad democrática y, lo que en contraste, puede estar minando no solamente la autoestima de una nación, sino de manera especial, su cohesión social definida como el deseo de permanecer unida.


Las condiciones actuales, de incredulidad de la población hacia lo que ve reflejado sobre la realidad inmediata –no la distante- puede representar un verdadero peligro, en una sociedad como la nuestra, en la que convivimos con la corrupción.


Sin duda, la corrupción nos ha acompañado desde el inicio de lo que podríamos llamar “vida democrática” del país, y antes de ella, marcada por la transición de Gobiernos militares al poder civil; sin embargo, la falta de vergüenza y en consecuencia el descaro con el que son justificadas muchas acciones se convierten en una bomba de tiempo.


La incredulidad hacia todo puede ser un verdadero peligro, cuando se trata de pensarnos en futuro, como colectividad. El sentimiento de desolación puede crecer y, con ello, arrebatarnos la posibilidad de pensar que un cambio es posible.


Los medios de comunicación masiva y los periodistas tienen hoy más que nunca un deber muy grande con el país, de actuar con objetividad, veracidad e imparcialidad. Sin ese papel vital en la sociedad, se pone en peligro la democracia, más allá de las elecciones, entendida como la forma de gobierno del pueblo y para él.


Guardar el equilibrio nunca ha sido fácil; quizá ahora sea un poco más complejo, dada la posibilidad de la opinión pública de manifestarse a través del mundo virtual con inmediatez y sin censuras; sin embargo, hay que poner el mayor esfuerzo, de lo contrario, el futuro puede ser sombrío.