Pandemia y racionalidad

La carta de los 54 médicos al Gobierno es una muestra de la visión particular de los hondureños sobre una pandemia para la que nadie estaba preparado; y una indicación de las debilidades del análisis científico de los problemas.

El sistema sanitario es un reflejo de la situación económica del país y expresión directa de un modelo centralizado, tanto en el Gobierno como entre los médicos y en los hospitales, al tiempo que es fruto de un concepto en donde el enfermo siempre es el responsable. Y, sin embargo, no participa en casi ningún momento antes de enfermar.

Veamos más cerca el asunto. Todos los médicos firmantes son empleados públicos, parte del gobierno. Y si no lo son, lo han sido en el pasado. En consecuencia, tienen responsabilidades que, por falta de humildad, no asumen.

En segundo lugar, los firmantes y de repente la mayoría de nuestros compatriotas que se interesan en estas discusiones, pasan por alto que Honduras ha tenido en los últimos 50 años un crecimiento económico muy bajo, que ha impedido mejorar los sistemas formativos de los profesionales de la medicina –que requiere de profundas reformas–, darle al sistema hospitalario la atención debida, porque la distribución del presupuesto en vez de buscar la equidad, cada día se vuelve más injusto. Son los pobres con sus remesas los que sostienen la operación de la sociedad. Pero no son ellos los que reciben mejor trato presupuestario. Por ejemplo, citando a Julio Raudales, hay dos ejemplos de inequidad presupuestaria: el subsidio para los dueños de los medios de transporte – que les va mejor cuando no trabajan que cuando lo hacen – y la “beca” para los estudiantes de medicina, que trabajan atendiendo a los pobres. Y cito los dos casos, no porque trate de defender a una parte en defecto de la otra, sino para que la discusión salga de lo partidarista; y nos sirva para resolver las diferencias.

Si no crecemos económicamente –porque tenemos un modelo inadecuado, que renuncia a la libertad, la competencia y la productividad– no podemos continuar creyendo que el gobierno podrá atender los problemas sanitarios. Hay que distribuir equitativamente el producto social, usando el presupuesto para atender las necesidades básicas: salud y educación. Para que ambas nos den los recursos humanos que, dentro de nuevas estructuras laborales, nos permitan una productividad mayor y una presencia relevante en los mercados. Tenemos que pasar de vender barata la mano de obra de los más pobres, para usar el talento de los capaces en la producción de bienes y servicios más calificados que vender en los mercados. Sin descuidar las oportunidades, tanto en producción agrícola, energía eléctrica, comunicación y transporte entre los dos mares reactivando el proyecto del ferrocarril interoceánico.

Además, hay dos cosas básicas. Necesitamos descentralizar la operación pública, independizar a la ciudadanía de su dependencia gubernamental – medicina incluida – y dejar de engañarnos, imaginando que podemos tener un “estado de bienestar” con un producto interno bruto que se come la burocracia pública. Incluidos los médicos.