¿Hacia la normalidad?

Sin duda que después de casi tres meses de confinamiento, que para muchos ha sido absoluto, para otros intermitente y para algunos nulo debido a sus responsabilidades laborales o civiles para con la sociedad. La mayoría de nosotros está deseoso de comenzar esta fase de reactivación y encaminamiento hacia una anhelada “normalidad”, sea cual sea el significado que esta palabra tenga para cada uno de nosotros, ya sea porque queremos recuperar aunque sea una parte de la vida que esta pandemia nos ha robado, por el hartazgo del encierro, o por la imperiosa necesidad de volver a trabajar para poder subsistir. Para que esto pueda ser factible, tanto las autoridades civiles como empresariales, educativas, incluso eclesiásticas, están realizando lo que llamamos “protocolos de bioseguridad”, que no son otra cosa que un conjunto de normas, medidas y criterios de acción que deberán ser aplicados en múltiples procedimientos y actividades en nuestra “nueva normalidad” con el objetivo de contribuir a la prevención de riesgos o infecciones derivadas de la exposición al coronavirus.

Mucha es la controversia que suscita esta fase de reactivación, ya que para algunos aún no es el momento prudente para hacerlo debido a que la curva de contagio no se ha aplanado, mientras que para otros si no lo hacemos, los efectos negativos a largo plazo de esta pandemia podrían ser peores. Quizá ambos lados tengan parte de razón, lo cierto es que el virus COVID-19 ha sido declarado endémico por la OMS, esto quiere decir que tarde o temprano tendremos que acostumbrarnos a convivir con él cómo ha pasado con otras enfermedades: el dengue, el zika, o la malaria, que de cuando en cuando aparecen rebrotes en medio de la población.

Pero al contemplar la realidad de nuestra sociedad hondureña, surge el auténtico reparo, pánico y temor: nuestra cultura de relajamiento y de irresponsabilidad ciudadana. Me permito compartir una experiencia personal: mientras hacía una obligada diligencia, el día en que estaba autorizado a circular, esperaba mi turno en el autobanco cuando de repente vi salir a una persona de la sucursal bancaria, tan pronto puso un pie fuera, se arrancó la mascarilla, con un gesto brusco como quien se quita un estorbo, esto llamó mi atención, de forma refleja como es lógico se refregó su nariz, siguió caminando y al dirigirse al parqueo se encontró con el guardia de seguridad, que tenía puesta una mascarilla de mejor calidad, y al instante, ambos se dieron un buen apretón de manos, acto seguido el guardia se acomodó su gorra, se quitó la mascarilla, refregó su propia nariz, y volvió a ponerse la mascarilla para su “bioseguridad”. En tiempos “normales” esto hubiera sido algo sin importancia, en tiempos de pandemia, esto es sumamente alarmante y triste.

No solo necesitamos los protocolos, las reglas, o las normas, es necesario hacerlas nuestras para que estas tengan auténtica eficacia y nos ayuden no solo a salvarnos, sino a salvar la vida de otros. Monseñor Ángel Garachana compartía en sus redes sociales algo que me inspiró a escribir este artículo: “Es imprescindible motivar a las personas para cumplir las normas por convicción y responsabilidad”, porque como decía San Irineo: “Lo que no se asume, no se redime”. Que Dios nos ayude.