La pandemia y los amigos

Hace ya casi veinte años tuve que estar varios meses fuera de casa por motivos de estudio.Para entonces mi esposa y yo teníamos cinco hijos. Fueron unos días duros en los que aprendí a valorar, aún más, a mi familia, pero en los que, además, también pude reconocer la importancia que tienen los amigos.

Con el tiempo me enteré que algunas de las situaciones que se dieron en esos meses, que yo pensaba habían sido pura casualidad, fueron producto de comunicaciones entre ellos, que, a mis espaldas, se encargaron de que aquellos días fueran más llevaderos. Una tarde, por ejemplo, uno de ellos me llamó para preguntarme cómo la estaba pasando. Lo cierto es que había sido una semana en la que me había sentido fatal.

Al día siguiente, me invitó a su casa, comí con su esposa y con sus hijos, vimos una película, y luego me llevaron de vuelta a donde yo vivía no sin antes darme un buen paseo por Madrid, de modo que recuperé ánimo y fuerzas para continuar con mi rutina universitaria. Otro de ellos, supo que yo iría al médico y, sin avisar, se apareció en la consulta, con el pretexto de que “en su familia nadie iba solo al doctor”. Claro, en esa misma época, no faltaron los amigos que estaban en Honduras, y que me escribían asiduamente, para hacerme compañía a la distancia.

Digo lo anterior, porque una de las cosas que más he echado de menos durante esta cuarentena, ha sido a los amigos. En más de una ocasión, en este mismo espacio, he celebrado la amistad y he dicho que es una de las experiencias más hermosas que la vida nos puede deparar. Tener amigos cercanos, cálidos, sinceros, que nos quieren y nos aceptan a pesar de todos nuestros defectos y que saben estar ahí cuando se necesitan, es una verdadera y auténtica fortuna.

Poder contar con esa suerte de alter ego, con el que se comparten ideas, planes, sueños, lágrimas y frustraciones, hace, definitivamente, la vida más llevadera. Por eso es que siempre digo que el amor conyugal debe participar del amor de amistad, porque todo lo anterior debe vivirse también en el matrimonio.

Cuando todo esto haya pasado, no importa cuánto falte, habrá que hacer una especie de “planes de venganza”. Tengo en mi lista varios almuerzos y algunas cenas; muchas copas de vino, más de una cerveza y muchas, muchas, horas de conversaciones que no se pueden mantener por teléfono ni por videollamada. Y, por supuesto, un montón de apretones de mano y de abrazos.