Después de la pandemia

Llevamos más de dos meses atravesando este tiempo de crisis sanitaria, período difícil en el que se han puesto a prueba nuestra paciencia, nuestra solidaridad, nuestro sentido de familia, nuestro ser ciudadano, cristiano y humano. Las autoridades aún nos están pidiendo un poco más, y esto realmente nos preocupa. Muchos son los temores que surgen ante lo que nos depara el futuro y, ciertamente, razón no nos falta; pero la diferencia entre dejarnos hundir por el pesimismo y hacerle frente a la tormenta radica en saber sobrellevarla desde tres actitudes fundamentales: gratitud, humildad y esperanza. Ayudados por algunas reflexiones del papa Francisco en su último libro: “La vida después de la pandemia”, publicado la semana pasada por la editorial Vaticana, dejémonos iluminar por estas tres actitudes.

La gratitud, ya que no estamos solos, el Señor camina con nosotros, dándonos fuerza, valentía, ánimo y luz para superar los obstáculos que vengan y construir nuevamente lo que este vendaval haya echado por tierra. El papa Francisco nos ha dicho: “el Señor no nos dejó solos. Permaneciendo unidos en la oración, estamos seguros de que Él nos cubre con su mano (cfr. Sal 138,5), repitiéndonos con fuerza: no temas, «he resucitado y aún estoy contigo”.

La humildad, para caer en la cuenta que por muy cómodos que viviéramos antes, por muy bien que nos fuera, faltaba algo, faltaba alguien en nuestra vida y que había cosas que definitivamente teníamos que cambiar. El Santo Padre escribe: “Volver simplemente a lo que se hacía antes de la pandemia puede parecer la elección más obvia y práctica; pero ¿por qué no pasar a algo mejor? Hemos demostrado que podemos hacerlo, que podemos cambiar, y ahora está en nuestras manos traducir estas actitudes en una conversión permanente, con resolución y solidaridad, para afrontar amenazas mayores y con efectos a más largo plazo”.

Y, por último, la esperanza, animada por la fe que nos muestra a un Dios que nos ha dado a su Hijo Jesucristo, brindándonos la firme certeza de que es verdad que nuestro Dios es amor, y esta seguridad hay que comunicarla, transmitirla, contagiarla, porque, como afirma el Papa, es un “contagio” que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta buena noticia. Es el contagio de la esperanza: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!». No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, no es eso la resurrección de Cristo, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no “pasa por encima” del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios.

Porque solo así, en palabras de Benedicto XVI, nuestra impaciencia y nuestras dudas se transformarán en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, aun en medio de las oscuridades, al final Él vencerá… porque el amor es una luz, en el fondo la única, que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para actuar y seguir viviendo.