Hay que ver lo global

Un viejo chiste que se le hacía a Ford, el sucesor de Nixon, era que no podía caminar, rascarse la cabeza y masticar chicles simultáneamente. Lo recuerdo ahora, cuando los políticos y sanitaristas, creen —desde una visión estática de las cosas— que el problema sanitario, la crisis económica y la falta de una propuesta política democrática, en vez de uno, son tres problemas que deben manejarse uno primero y después el otro, pasando por alto sus vinculaciones dialécticas, y esto no es nuevo ni tampoco propio de civiles, como se pensó en los 60 del siglo pasado, cuando se les atribuían todas las virtudes a los militares, en la misma forma como algunos ahora creen que todo se resolverá si se les quita el presupuesto a estos.

Antes de escribir he buscado con mucha dedicación en El drama político de Honduras, escrito por Lucas Paredes, la forma en que el gobierno de Vicente Mejía Colindres enfrentó la crisis del capitalismo de 1929. Para Paredes y muchos otros de sus colegas, la crisis de la bolsa de Nueva York, el “viernes negro”, simplemente no ocurrió. Y, en consecuencia, no tuvo efecto alguno en el país, en su población y mucho menos en el funcionamiento del Gobierno.

Pasan por alto que sin esa crisis en USA, posiblemente Carías no habría llegado al poder y su dictadura no habría hecho los daños que han sufrido todas las generaciones que le sucedieron. Investigando en archivos, hemos encontrado que, como efecto de la crisis estadounidense, se rebajaron los sueldos a los trabajadores bananeros, el Gobierno atrasó por varios meses los de los empleados públicos y se desató un clima de violencia nunca visto en el país.

Por esa falta de aceptación de que lo que ocurre en el presente es fruto del pasado, y que lo que vemos hoy será futuro, los políticos, porque la responsabilidad es suya y de nadie más, no quieren entender que, para enfrentar las epidemias, las hambrunas y las guerras es necesario fortalecer el sistema democrático, aumentar la eficiencia de los sistemas productivos y elevar el nivel educativo y de vida de la población. Y que valientemente hay que reconocer que todas las generaciones del pasado le han fallado a Honduras.

En vez de hacer las cosas bien, se han dedicado a matarse los unos con los otros, que en vez de levantar la cabeza para hacer los que otros inteligentemente están haciendo, la hemos agachado para vernos los caites y los zapatos. Hay que hacer las reformas pospuestas, los cambios deliberadamente postergados y las transformaciones culturales que nos hemos resistido a ejecutar. Hay que producir un nuevo discurso político, que se vuelva relato popular, en que todos, sin excepción, somos responsables de nuestro futuro, aceptando que tenemos capacidad y que lo que hace falta es que el sistema democrático esté sometido al imperio de la ley, nos gobiernen los mejores y que el sector público, en vez de obstáculo, facilite la acción de los creadores de riqueza, que son los que sostienen al país y determinan el grado de bienestar de la población y su fortaleza.