Cuestión de señorío

Además de las notables pérdidas económicas que la cuarentena continúa causando en Honduras y en muchos otros países, sumado esto al padecimiento y a la muerte de tanta gente alrededor del mundo, es innegable que la pandemia, y el consecuente encierro, también está pasando factura a la salud mental de muchísimas personas y está afectando sus relaciones dentro y fuera del hogar. Ya hay datos sobre un claro incremento en trastornos como la ansiedad y la depresión y, de igual manera, de la violencia intrafamiliar. La dos primeras, ansiedad y depresión, son, evidentemente, dolencias involuntarias que, como cualquier otra enfermedad de cierta entidad, requiere atención de un especialista; lo segundo, lo que tiene que ver con el maltrato psicológico o físico en contra de las personas a las que se está unido por vínculos de sangre y, en principio, afectivos, es distinto.

Es cierto que el confinamiento no nos afecta a todos por igual. Hay personas que disfrutan el aislamiento y que trabajan con gusto desde su casa; poco echan de menos a los colegas y no son tan dados a las interacciones interpersonales cotidianas estrechas. Otros, sin embargo, más expansivos, se sienten como fieras enjauladas que esperan volver a la normalidad de la calle cuanto antes. Esos últimos, por manera de ser, pueden ser más impacientes, más explosivos, perder con mayor rapidez la “dulzura de carácter”, y terminar por enojarse con más facilidad y con mayor frecuencia. También están los que, sin tener lo que hoy se llama “trastorno bipolar”, viven sometidos a cambios frecuentes en el estado de ánimo, de modo que padecen unos “bandazos” de carácter que los vuelve impredecibles.

Estas personas, las que con facilidad se vuelven hoscas, poco convivibles, lo que sufren, en el fondo, es una falta de entrenamiento ético. No han ejercitado virtudes como la tolerancia o la paciencia, por lo que aquellos que viven bajo el mismo techo, se ven obligados a soportar su ausencia de autodominio, su falta de señorío.

De esta incapacidad de someter a la razón las emociones y de dejarse guiar por la cabeza, es que resulta un clima familiar plagado de tensiones en el que abundan las ironías, las humillaciones, las descalificaciones y, tristemente, los golpes. Claro, hay muchas más cosas: pésimos ejemplos en los hogares de origen, machismo que pervive y se niega a desaparecer, taras personales sin superar, etc. La serenidad, el espíritu de servicio, el trato amable; todas esas conductas que facilitan la convivencia armónica, son posibles si nos sabemos autodominar, si somos señores de nosotros mismos.