Más preguntas que respuestas

Este tiempo de aislamiento obligatorio significa muchas cosas de acuerdo con la realidad de cada uno, así como a la compañía que tengamos o, quizás, a la soledad. Con el correr de los días hemos aprendido que la libertad para decidir -el libre albedrío- es un derecho muy valioso, aún sobre temas que antes nos parecían simples. Ni la soledad cómoda, ni la compañía que podría ser ideal parecen situaciones tan buenas, cuando dejan de ser una opción seleccionada. El COVID-19 nos ha puesto en jaque, haciéndonos ver nuestra fragilidad.

Una de las situaciones complejas es dar respuesta a las constantes preguntas de los niños, a sus inquietudes, cansancio por la rutina impuesta y sus preocupaciones válidas.

¿Y si nada vuelve a ser normal?, ¿no podré ver a mis amigos? No entiendo la explicación de matemáticas en la clase digital, son las inquietudes constantes que escucho en mi propio hogar, casi a diario, y que seguramente son replicadas en miles más.

Envueltos en muchas dudas, asignaciones valiosas y otras absurdas, explicaciones a medias, televisión y hastío, los niños de esta época están viviendo con angustia adicional, expuestos a la inseguridad que vivimos los padres e incluso, los maestros que buscan hacer lo mejor posible con conocimientos de reciente adquisición sobre uso de plataformas digitales.

Sé que las dudas razonables de mis hijos pueden ser las de muchos más, y que esta situación puede ser benigna en comparación con otras donde no solamente hay escasez de respeto y amor, sino abundancia de muchas miserias humanas, más allá incluso de las carencias materiales.

La situación de millones de niños alrededor del mundo -y en Honduras en particular- puede estar agravada por escenarios de violencia doméstica, abuso infantil, ambientes marcados por el alcoholismo y la adicción a drogas.

El lugar de residencia para miles de personas puede ser quizás el menos seguro de todos, por las condiciones de hacinamiento, de carencia de servicios básicos de agua potable y energía eléctrica, pero sobre todo, por la violencia.

Hace pocos días, el Secretario General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), António Guterres, pidió que se adopten medidas para hacer frente a “un estremecedor repunte global de la violencia doméstica” de manera especial contra mujeres y niñas, durante el período de confinamiento por COVID-19.

Algunas de las recomendaciones propuestas por la ONU pueden ser de difícil aplicación en contextos como el nuestro, por ejemplo: aumentar la inversión en servicios de ayuda en línea y en organizaciones de la sociedad civil, garantizar que los sistemas judiciales sigan procesando a los abusadores y evitar la liberación de prisioneros condenados por cualquier tipo de violencia contra la mujer en estos momentos de pandemia.

El COVID-19 está haciendo énfasis en situaciones que ya eran complejas, poniendo en un riesgo mayor a quienes en la “normalidad” ya eran muy vulnerables.

¿Qué podemos hacer para ayudar? Generar campañas de concienciación, desde el sector público como de la sociedad civil organizada; priorizar los albergues y centros de acogida, como sugiere la ONU; poner en relieve estos temas para que formen parte de la agenda de todos, especialmente de nuestras autoridades.

Es evidente que en estos momentos tenemos más preguntas que respuestas; que probablemente debamos aferrarnos a aquello que es difícil de rebatir para quienes la poseen: la fe en que saldremos adelante a pesar de todo. Que Dios nos ayude.