Mejorar la vida

La tierra siempre ha sido hostil para la vida humana. De acuerdo con Darwin y sus seguidores, los individuos mejor dotados de cada especie son los que sobreviven; los viejos mueren inevitablemente, y los que no se adaptan. En la historia humana, muchas enfermedades han sido controladas, “o solo sofocadas, sobre todo gracias a una medicina preventiva más terapéuticamente armada y juiciosamente organizada” (Pierre Vachet, Las enfermedades en la vida moderna, pag. 12). Y dentro de la prevención, hay que señalar y, sin ánimo exhaustivo, las vacunas, la higiene familiar y la elevación del nivel de vida. Una población mejor alimentada, viviendo en condiciones higiénicas –recuerdo el “pabellón” para evitar las picaduras del anofeles y las fumigaciones con DDT– más protegida, tiene mayores posibilidades de enfrentar las otras pandemias que, las nuevas generaciones, sin duda, afrontarán. Y para prevenirlo hay que mejorar la producción y la productividad, perfeccionar los mercados y proteger a los trabajadores, derrotando la pobreza.

En los cincuenta del siglo pasado, a los escolares nos vacunaron contra la tuberculosis. Vi el primer tuberculoso a orilla del río Yaguala, entre Jigua y Teguajales. Se llamaba Crucito y vivía junto, en la misma champa de manaca, con Gregorio Canales, un salvadoreño muy querido en mi familia. Todos, sin saber del tema, le decían que lo contagiaría, no ocurrió, ya que tenía resistencia frente al bacilo de la tuberculosis y no usaban los mismos utensilios.

En los primeros años de la primaria conocí 4 casos: uno de drástico aislamiento, un enfermo que murió de viejo (don Castor), uno que se suicidó y otro que sanó. Adulto, investigando los orígenes familiares, descubrí que mi abuela y sus hermanos murieron de tuberculosis; eran cinco. Y solo los hijos de la abuela Antonia no se contagiaron por las inteligentes acciones preventivas suyas. Murió a los 25 años; mi madre tenía 9. Eran sumamente pobres.

Entre Olanchito y Agalteca le construyeron casa a una tuberculosa. Nadie la visitaba, le dejaban las provisiones en el portón y a los niños nos ordenaban que no la volviéramos a ver.

Murió sola, a un vecino le dijeron que estaba “afectado”, eufemismo de tuberculoso: lo creyó. Tomó su machete y un mecate, se internó en el bosque y se colgó de un árbol. Semanas después encontraron lo que quedaba de su cuerpo picoteado por los zopilotes. En cambio, otro, decepcionado, abandonó su casa y se introdujo en los “mangales”, camino a Pimienta y Juncal. Y alimentándose con mangos maduros neutralizó el bacilo. Tiempo después, cuando le habían rezado el novenario del primer año, regresó fuerte y sano.

La moraleja es que, en el fondo, la base de la debilidad es la pobreza, es la enfermedad que hay que enfrentar. Más empleo, higiene y vacunación nos darán una población más fuerte. Niños más inteligentes, madres cuidadosas, líderes inteligentes. Hay que cambiar la economía, mejorar el sistema sanitario y fortalecer la democracia para que nos dé líderes más leídos y preparados, ese es el camino.