Nos ha desnudado a todos

Para nosotros, la mayor debilidad está en la falta de identidad, cuya manifestación mayor es la incapacidad para ver la globalidad de las cosas. Ante la presencia del coronavirus, hemos respondido en forma inapropiada. No solo el sistema sanitario y el Gobierno, sino que toda la sociedad, que no ha mostrado unidad, capacidad cooperativa y buen juicio para manejar, como corresponde, las respuestas.

La resistencia para cumplir las reglas con las que detener la pandemia, la falta de acuerdo en lo que hay que hacer, el uso político del problema –por parte del Gobierno y sus enemigos, que quieren deponerlo–, la desconfianza en que aquí nadie hace las cosas bien, sino “soy yo quien las ejecuta”, la deshonestidad de empresarios, privados y de los “junior”, hijos de funcionarios, que creen que este es el momento de incurrir en inmoralidades, ya que tienen asegurada la impunidad, y la falta de una cultura que trascienda al individualismo en favor del bien común.

Somos un país pobre, de renta media baja, es decir, que podemos salir adelante; pero culturalmente renunciamos al esfuerzo, exageramos los problemas y reclamamos sin vergüenza la intervención externa, celebrando que todo lo bueno se hace afuera, pues somos irremediablemente incapaces. Algunos celebran las locuras de Bukele, solo para mostrar su desagrado con JOH. Además, nos resistimos a cumplir las reglas establecidas; SPS es el mejor ejemplo.

El uso político del problema es un acto inhumano con los que sufren. Este es el momento de la capacidad, el talento y la entrega. Lo ideológico ahora no tiene sentido, excepto en lo referido al respeto al Estado de derecho y la libertad. Atacar políticamente todo lo que hace el Gobierno, que ha hecho esfuerzos, cumpliendo las orientaciones de la OMS, es un acto de infantilismo que crea desconcierto entre la población y que destruye la confianza de que saldremos adelante, no solo controlando el coronavirus, sino que, además, creando seguridades de que las dificultades económicas las superaremos con el concurso de todos.

El Gobierno ha hecho lo que ha podido, igual que los médicos. Enfermeras, bomberos, policías y militares han puesto el pecho corriendo riesgos y comprometiendo su vida en el servicio a los demás. La falta de integración de todas las voluntades nacionales, la participación de los gremios que todavía nos quedan, ha impedido un mejor grado de cooperación. En las crisis sanitarias del pasado actuamos en forma descentralizada. En cada departamento se unían todos los esfuerzos en una junta sanitaria para enfrentar las epidemias. Ahora todo está, en pocas manos, lo que permite acciones irregulares, vergonzantes y delictivas que nadie puede defender.

Detrás de todo hay un problema de identidad. El país, su sociedad y su pueblo, han perdido el orgullo de ser hondureños. Queremos triunfar incluso colocándonos en las espaldas de los demás. Admiramos más a los gringos, que tienen sus méritos individuales, más que a lo nuestro. Aquí nada sirve, solo lo extranjero, incluso hemos permitido que nos penetre el inglés, descuidando el español y abandonando la religión de nuestros mayores, para ir detrás de la teología del éxito, hacer a Dios un negociante. El coronavirus nos ha desnudado a todos.