Cambiar el verbo

Desde cierta perspectiva, creo que este tiempo de cuarentena puede traernos buenas oportunidades para crecer como personas y como familias. Una de ellas es en lo concerniente a las labores hogareñas. Desde 2017 circula en internet una publicación titulada “Yo no ayudo a mi mujer”, la cual es una crítica al modelo familiar machista. En el escrito se deja bien claro que la esposa, en quien recae usualmente toda la responsabilidad hogareña, no necesita “ayuda” en la casa, sino que necesita socios con los cuales repartirse las tareas del hogar.

“Yo no ayudo a mi esposa a limpiar la casa porque yo también vivo aquí y es necesario que yo también limpie… Yo no ayudo a mi mujer a lavar los platos después de comer porque yo también uso esos platos… Yo no ayudo a mi esposa con sus hijos porque también son mis hijos y mi trabajo es ser padre”. Así reza el texto en una de sus partes. Y es que, como bien indica el psicólogo Alberto Soler, es paradójico afirmar que voy a ayudar a alguien con algo que es mi entera responsabilidad.

Ahora bien, en este punto de la reflexión creo que es posible dar un paso más allá. No solo debemos eliminar la noción de “ayudar en casa” y reemplazarla por la idea de cumplir con las funciones que le toquen a cada quien, luego de ser consensuadas en familia, sino que, incluso, podemos sustituir el verbo “ayudar” por el de “servir”.

Cuando realizamos una labor hogareña, sea pequeña o sea grande, en el fondo no solo estamos cumpliendo con una responsabilidad adquirida, sino que también estamos sirviendo a nuestra familia, demostrando mediante ese acto nuestro amor por los demás y nuestra gratitud por lo que hacen a favor nuestro.

Que este tiempo de confinamiento nos permita meditar en el modelo hogareño que hemos estado practicando hasta el momento para realizar, de ser necesario, los cambios pertinentes que allanen el camino hacia una vida familiar más justa, más armoniosa y, por ende, más feliz.