Figueroa, medicina y política

La conducta de Suyapa Figueroa, presidenta del Colegio Médico, es comprensible, pero inaceptable. Enredada entre los hilos de la política criolla y sus obligaciones éticas ha preferido la primera de las veredas.

Pasando por alto que los políticos, en estos momentos, pasan por sus horas más bajas. No solo han perdido el respeto de los electores, sino que algunos los ven como problema.
Asimismo, ni siquiera los partidos que dirigen experimentan su magisterio ejemplar, ya que si así fuera, en este momento los mismos –todos sin excepción– estarían creciendo.

Y no porque la ciudadanía crea que la política sea mala o porque considere que los políticos son inconvenientes. La razón es que la política que se hace es negativa, sin proposiciones. Se agota en la descalificación del otro, por ello es que los partidos no crecen –incluido el Partido Nacional, no pasa del 35%– y la mayoría de los compatriotas, –el 42%–, dicen que no tienen partido. Por lo anterior, es ilógico, inconsecuente e incluso poco ético –moral kantiana, para no enredarnos en discusiones anticristianas– usar su condición de líder de los médicos, gremio muy subordinado, casi militarizado, para que en medio de una crisis de salud se comporte como político de barricada, negándose a colaborar como corresponde, tanto desde su liderazgo gremial como por su condición de empleada del Poder Ejecutivo, en el esfuerzo nacional por detener una pandemia que, sin duda, está causando daños, y muchos más en el futuro.

El Gobierno, al cual la doctora Figueroa sirve, está expuesto al error. Su obligación es señalar los errores y proponer soluciones.

Este no es el momento de las descalificaciones ni de los juicios enfermizos.
Si hay cosas que corregir hay que recomendarlas, con ánimo constructivo. El ejemplo de Ramón Custodio en la guerra del 69 debe ser el modelo en que Figueroa debe inspirarse.

Las pequeñeces, los remilgos infantiles, las descalificaciones de las decisiones tomadas y el rechazo a todo lo que hacen los “adversarios políticos” no tienen cabida. Lo que conviene es el servicio al bien común, bajo el entendido de que en esta lucha los mejores servidores recibirán el aplauso del pueblo. Y aunque el Gobierno quiera asumir para sí todos los honores, somos testigos de los que no nos han fallado en este momento crítico, diferenciado de los que ante el enemigo común se niegan a hacer causa solidaria en la defensa del pueblo hondureño.
Si el Gobierno, –del cual es parte Suyapa Figueroa–, comete errores, debe ayudar a evitarlos.

Este no es el tiempo para que los políticos nos dividan, provocando daños, sino del que, sintiéndonos hermanos, empujamos en la misma dirección.

Necesitamos que los profesionales competentes, como Suyapa Figueroa, metan el hombro y trabajen con el Gobierno al cual sirven para obtener los mejores resultados. Debe actuar más como profesional de la medicina –con méritos conocidos–, que como lideresa política, especialidad en donde, además de incompetente, luce una soberbia que ofende irremediablemente.