Liderazgo y crisis

Las grandes crisis, especialmente si se traducen en emergencias, suelen poner a prueba los liderazgos. De la misma manera, las grandes tragedias – y a veces también las pequeñas – con frecuencia hacen aflorar en nosotros lo mejor de cada uno o, en su defecto, lo peor. En esencia, esos fenómenos catastróficos revuelven nuestro trasfondo y revelan lo bueno y lo malo, las virtudes y los defectos, los valores y los contravalores de las sociedades afectadas.

La crisis actual no es la excepción. Su carácter letal, su forma masiva de expansión, su carácter apocalíptico son elementos que se suman y, combinados, generan un clima de angustia y terror, de impotencia y pánico. Para calmar esos sentimientos y devolver un mínimo de sensatez y racionalidad a la comunidad, se requiere, no hay duda, un liderazgo probado y seguro, uno que sea capaz de transmitir confianza, un cierto sentido de seguridad interior, una sensación de certeza en la salida del túnel.

Dice el filósofo español José Antonio Marina, en su excelente ensayo titulado “La pasión del poder (teoría y práctica de la dominación)”, que “el liderazgo tiene que ver con la gestión de las emociones… por lo que el concepto de líder no se corresponde simplemente con la persona que tiene poder… tiene que poseer, además, una especial capacidad de movilización emocional… Liderar es movilizar a las personas para realizar algo… no toda persona poderosa tiene capacidad de liderazgo”.

La difusión masiva del coronavirus en todo el planeta ha puesto en jaque a los grandes líderes mundiales y, por supuesto, también a los gobernantes regionales. No todos han pasado la prueba. Algunos, los más visionarios, tuvieron la audacia suficiente y la racionalidad necesaria para tomar a tiempo las medidas inevitables, por muy drásticas y radicales que resultaran.

Esos fueron los menos. Los otros, vacilantes y perplejos ante una emergencia de tal magnitud, no siempre fueron capaces de entender la dimensión del desafío y la urgencia de la respuesta. Esos fueron los más.

En el caso concreto de nuestro país, el liderazgo criollo no estuvo a la altura del reto letal. Su déficit de legitimidad, derivado del origen ilegal de su mandato, debilitó la credibilidad de su mensaje y quitó verosimilitud a sus llamados. La debilidad del entramado institucional y el desprestigio de buena parte de los actores clave del régimen quitaron seriedad a las alertas y rodearon de sospecha y desconfianza las iniciativas gubernamentales.

Esta situación, tan lamentable como peligrosa, se tradujo, entre otras formas, en la dualidad de los discursos, la confusión semántica y el laberinto de instrucciones y mandatos. Todo ello, en su conjunto, produjo desconcierto, frustración y cólera entre la población, convencida cada vez más de la incapacidad de los gobernantes y de la incredulidad que rodea sus gestiones.
Así se explica en la proliferación de mensajes contradictorios y la existencia de discursos paralelos (y para lelos). Mientras el discurso oficial, disperso y confuso, transmitido a través de cadenas de radio y televisión, pretendía generar una imagen de orden, control, planificación y confianza, el discurso popular, común y asumido espontáneamente por la gente, revelaba las carencias, el déficit de insumos, el desorden y el desconcierto. Dos discursos diferentes en torno a un mismo desafío.

Ya que el Estado parece comportarse como paquidermo en cristalería, sin capacidad para atinar en las soluciones requeridas, la sociedad debe asumir el envite y entender que lo que está en juego es la vida misma, tanto a nivel individual como manifestación social.

Es el modelo de relacionamiento en sociedad lo que ha sido desafiado por la pandemia del coronavirus, es la forma en que entendemos y asumimos la convivencia ciudadana, los valores de la solidaridad y la fraternidad, por encima del egoísmo mezquino y el individualismo aislante. Hemos sido puestos a prueba en nuestra íntima condición humana, ojalá y salgamos airosos.