Prevención y economía

El mundo desde el principio ha sido escenario de crueles enfermedades y terribles cataclismos. Terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, incendios, huracanes, guerras, accidentes y epidemias han provocado la muerte de millones de personas. Con la modernización del transporte, los accidentes automovilísticos provocan más muertes que todas las guerras modernas. En los últimos veinte años, desde el sida, la gripe aviar y otras enfermedades, que han irrumpido bruscamente, han creado por ellas mismas fuertes impulsos a la industria farmacéutica y estimulado la economía mundial.

Con el coronavirus, la cuestión es diferente. Aunque el índice de mortalidad es bajo, un poco más de 2%, el efecto que ha tenido en el mundo ha sido devastador, ya que más que amenazar la vida humana ha afectado a la economía mundial, estimulando la guerra comercial entre potencias, el cierre de actividades claves, como la aviación, los cruceros y, como efecto, debilitando al turismo. En pocas palabras, es la primera pandemia que generaliza el miedo, crispa los nervios de los gobernantes preocupados de su electores, amenaza el intercambio comercial –en que las naciones se han vuelto interdependientes– y pone en duda las virtudes de la globalización. Todo esto no habría sido posible sin el dominio que ejercen sobre la humanidad internet y las llamadas redes sociales, que han congestionado los hogares, diseminando información sin control, en vista de que no se sabe qué es cierto y qué es mentira.

De forma que Gobiernos como los nuestros, además de atender las necesidades sanitarias que garanticen el menor daño a la salud de nuestros compatriotas, deben atender la “salud” de la economía. El falso dilema de Bukele, que cree que el poder da talento para resolver problemas teóricos falsos, que se justifica en defender primero la vida de las personas para después a la economía, no nos debe orientar. Junto a las medidas sanitarias hay que tomar previsiones para que el sistema económico continúe operando. No solo porque la pobreza es la peor enfermedad que sufrimos, que provoca más muertes que el coronavirus, sino porque siendo un país precario debemos entender que la operación del sistema productivo es el que nos provee de recursos para mantener funcionando el sistema de salud en condiciones de responder en casos de masiva multiplicación del mal.

El Gobierno no produce un centavo, todo el que tiene se lo damos los ciudadanos, vía impuestos, tasas y peajes, pero si nos encerramos y dejamos de producir no tendremos con qué pagar impuestos y el Gobierno carecerá de recursos para comprar siquiera el gel, que tanta popularidad ha alcanzado actualmente. Por ello celebramos la serenidad del ministro de Trabajo, Carlos Madero, y de Mario Canahuati, que dijeron que la maquila no parará, que si hay enfermos tienen reemplazos, y ahora los consejos atinados de Gabriela Núñez. Esperamos que otros actores económicos alcen la voz para que, al tiempo que atendamos la amenaza de la enfermedad, mantengamos operando el sistema económico, sin el cual es imposible el funcionamiento de los hospitales siquiera.