El tesoro escondido

Antes de estudiar en el seminario teológico, la lectura para mí era una carga, algo solemnemente aburrido. Me parecía que “besaba a la muerte” si tocaba un libro, por hablar como el escritor español Ramón Gómez de la Serna. No me daba cuenta de que en mí se cumplía al pie de la letra lo que en una oportunidad expresó la escritora e intelectual francesa Germaine de Staël: “Cuando uno se halla habituado a una dulce monotonía, ya nunca, ni por una sola vez, apetece ningún género de distracciones, con el fin de no llegar a descubrir que se aburre todos los días”.
Pero una vez que a la fuerza tuve que leer, para poder cumplir con las exigencias de las materias que cursaba en el seminario, la visión se “aclaró” y pude notar, de forma sucia al principio, que algo deslumbrante se almacenaba dentro. ¡Era un tesoro! Un tesoro que al limpiarlo me ofuscó los ojos del alma con el exceso de luz. Pero, ¿por qué esa diligencia mía en aferrarme a la monotonía que me impedía apetecer agarrar un libro? La respuesta es muy simple: la pereza. Una vez me dijo un doctor: de las tres acciones que hacemos con los sentidos —leer, ver televisión y escuchar música—, la mejor para el ser humano es la lectura. “¿Y eso, doctor?”, contrarresté yo, sintiendo hasta molestia.

“Eso porque al leer la mente trabaja más, creando, resolviendo, analizando. En los otros dos ya casi todo está dado”.

Me tapó la boca el doctor, por eso el consejo aquí tiene que ser el siguiente: si usted está sintiendo lo mismo que sentía yo, es decir, que besa a la muerte si toca un libro, no le crea semejante mentira a la pereza.

Ella lo único que quiere es que el tesoro siga escondido, pues sabe bien que, de encontrarse, se le desecharía a ella, y desechar la pereza es descubrir con gozo que vivimos todos los días.