Desfile de hipócritas

Sin duda que la sinceridad es uno de los valores más apreciados en la sociedad humana y que la hipocresía es una tara moral que atenta contra la convivencia en todas las esferas de la existencia de las personas. La mentira, que es la materia con la que se nutre la hipocresía, es un obstáculo imponente que se interpone entre los individuos, entre las distintas colectividades y hasta entre los estados, y que no puede nunca justificarse, ni aún bajo el supuesto de alcanzar un bien mayor, porque destruye la confianza y no nos permite distinguir entre lo falso y lo verdadero.

Yo, generalmente, procuro escribir sobre virtudes, porque promocionar el ejercicio, la práctica diaria de los hábitos éticos, me parece más noble. Sin embargo, puntualizar sobre los defectos humanos, sobre los vicios, también puede servir como revulsivo para que nos planteemos huir de ellos y evitar su contagio. Además, cuando se agudiza la capacidad de observación no podemos negar realidades oscuras que al poner en evidencia por lo menos nos ponen en guardia y nos empujan a purificar nuestras intenciones.

En un imaginario desfile de hipócritas, sobresale el que, con su conducta antiética, busca obtener algún beneficio personal, por lo que se dedica a adular a aquel del que depende la concesión de privilegios. En el lenguaje popular hay un rico elenco para denominar a este tipo de personas: sobalevas, chupamedias, sobijón, quedabién, zalamero, arrastrado, boa o cualquier otro animal que se arrastre. Es común encontrar a gente así en el mundo de la política o en ciertos ambientes de trabajo. El adulador atribuye al adulado cualidades físicas, morales o intelectuales que no posee con el fin de endulzarle el oído. Y si el receptor de semejantes embustes es crédulo o vanidoso, ensanchará su pecho como la rana de la fábula que así llegó a explotar.

Parte de semejante desfile es también el poco transparente, el que carece de una conducta diáfana, el que dice que sí mientras piensa que no, él no siempre se muestra tal cual es. Este personaje es más difícil de detectar.

A veces se esconde en el anonimato del grupo o del equipo para disimular su ineptitud o procura flotar en lugar de nadar para no levantar olas y que su incompetencia pase desapercibida. Y no se trata del tímido al que hay que sonsacar un poco para que espabile, sino del taimado que actúa con cálculo, con picardía, con segundas intenciones.Y hay otros que forman parte de este peculiar desfile y a los que habrá que evidenciar en otro momento.