Soltando la carga

En la columna de la semana pasada hablábamos sobre la crueldad, acción que con facilidad se le imputa a Dios. Sin embargo, al final concluíamos que el verdadero cruel es el ser humano, y dábamos algunos ejemplos que dejaban en evidencia que esa desviación es algo constante en su cotidianidad. Pero, ¿qué lo lleva hacia allí? Esa es la pregunta. En mi opinión, es el orgullo. El orgullo es esa fuente de combustible que impulsa cada una de las acciones que terminan siendo crueles. Por ejemplo, ayer escuchaba el discurso del presidente de los Estados Unidos con relación a la represalia que tomó Irán por el asesinato de su idolatrado general. En una parte dijo: “…les vamos a aumentar las sanciones hasta que cambien de actitud”. Y, además: “…hemos gastado trillones de dólares mejorando nuestro armamento y nuestra capacidad militar”. Y todo, ¿para qué? Para continuar con un ciclo cuyo fin es destrucción. En vez de buscar la paz se prefiere la guerra. En vez de interesarse por ser amigos, se prefiere el odio.

En vez de buscar beneficiar o ayudar genuinamente, se prefiere sacar ventaja, aprovecharse, despojar. Todo eso porque vemos constantemente en una sola dirección, hacia uno mismo. Bob Dylan dijo en una oportunidad algo muy acertado: “Las paredes del orgullo son altas y anchas. No se puede ver al otro lado”. Y en el otro lado están los demás (incluidos el medio ambiente, los animales y aquello que ciertamente es importante). Si fuéramos capaces de hacerlo, entonces, creo que no habría espacio en absoluto para la crueldad y sus derivados en nuestras rutinas diarias.

Antes usábamos la palabra “destrucción” para referirnos a la que comúnmente es la desembocadura del orgullo que lleva a la crueldad. Por eso la palabra final tiene que ser lo que dice la caricatura que presenta a un hombre colgando y sosteniendo con la mano libre una carga llamada orgullo: “A veces es difícil soltarlo… pero es necesario”.