Saber sembrar

Para sacar mejor provecho a este año que comienza, algo que podría servirnos es imaginárnoslo como un terreno por cultivar. Los que crecimos en el campo, o cerca de él, sabemos de lo que estoy hablando: unos surcos largos y rectos, un campo listo para recibir la simiente y la ilusión del fruto que, si se dan las condiciones óptimas, llegará en el tiempo previsto. Así se va abriendo, pacientemente, cada cierto trecho, un pequeño orificio en el que se depositan uno o varios granos, para luego pisar, delicadamente, el suelo, de modo que la semilla quede cubierta y reciba el calor que, junto con la humedad requerida, hará brotar, en cuestión de días, una pequeña planta, que crecerá hasta que esté lista para brindarnos sus frutos.

La metáfora sirve porque las personas, con lo que hacemos o decimos, cada día, cultivamos un campo, depositamos simientes y cosechamos frutos. Si sembramos alegría, cosechamos alegría; si sembramos amargura, amargura cosechamos. No podemos esperar que la gente a la que tratamos mal nos devuelva una sonrisa o que a quien damos de patadas nos responda con caricias. A veces nos lamentamos de la ingratitud de los demás, sin tomar en cuenta que hemos realizado muy pocas acciones que ameritan agradecimiento. Lo que pasa es que, por muy buena gente, por muy virtuosos, que seamos, necesitamos proponernos generar un clima agradable a nuestro alrededor y poner los medios para lograrlo. Y, justamente, uno de los medios a poner será el esfuerzo por ejercitar unos hábitos que faciliten y lubriquen la convivencia en la casa, en el trabajo y en la calle. Porque como todos pasamos buenas y malas noches y, con facilidad, cambiamos de humor, no podemos atenernos a la espontaneidad ni esperar a que la simpatía aparezca sin esfuerzo.

Entra aquí en juego aquel principio de la intencionalidad en la conformación y moldeado del carácter, que nos señala que hace falta ser exigido o trabajar la autoexigencia para llegar a ser mejores personas. Y esto no se aplica solo a los niños sino a todo individuo, no importa edad ni preparación intelectual.

Así que 2020, si nos proponemos, puede ser un año en el que cultivemos, en terreno fértil, unas excelentes relaciones interpersonales o, si no nos esforzamos porque así sea, un yermo estéril del que no obtendremos más que abrojos.