Enfermedad y antídoto

Estas palabras las escribió una amiga de mi esposa en Facebook: “¡Congestionamiento por todos lados en París! Y sepan que esto ocurre no porque se conduzca mal o porque haya demasiados vehículos en las calles. ¡Es por la mala actitud de los franceses! En especial, la gente de París. Por un lado, son bastante propensos a usar la bocina del carro, pero, por el otro, no les gusta en absoluto escucharla”.

Imagínense lo que sucede, entonces, cuando esta combinación se presenta: las palabras que automáticamente salen de la boca son aquellas ofensivas que por respeto al lector omitimos transcribirlas aquí. Y estas son las que al final desatan el congestionamiento porque motivan al conductor a detener el vehículo, a bajarse, a insultar, discutir y hasta iniciar una pelea en plena vía pública, sin importar quién está detrás. Sin embargo, todavía no acabamos con el país europeo.

Esta misma amiga también publicó esto otro en su muro: “Si están pensando en venir de vacaciones a París, tomen la siguiente precaución: no anden cargando mucho dinero en efectivo al salir y fíjense con quién hablan en la calle”. Esto porque al parecer en la Ciudad Luz —¡qué contraste!— andan muchos buscando a quién devorar. Siendo el destino turístico más popular del mundo con más de 42 millones de visitantes extranjeros por año, la “sustancia a engullir” evidentemente es bastante abundante.

¿Se recuerda, querido lector, que la semana pasada escribíamos sobre guardar el corazón y la paz mental? Bueno, esto es lo que sucede cuando no se guardó el corazón y cuando no existe ya la paz mental, lo que lleva a tener una sociedad enferma: enferma de egoísmo, codicia, soberbia, egolatría, materialismo, y la lista se hace interminable. ¡Pero qué les parece si mejor aceptamos como antídoto la paz y el amor de Jesús referidos como “regalo” por nosotros la semana pasada! Un regalo navideño anticipado, si decidimos afirmativamente.