Digamos palabras llenas de amor

Las palabras tienen vida propia y pueden significar muchas cosas. Expresamos nuestros sentimientos y nuestras ideas por medio de las palabras convirtiéndolas en realidad. Somos lo que hablamos y conocemos a los demás por sus palabras.

La vida se enriquece por medio de lo que hablamos. A veces, las palabras se nos rebelan y se vuelven contra nosotros. Hay momentos en que no podemos pronunciar o escribir lo que queremos y decimos o escribimos lo que no queremos; caemos en la trampa de la palabra. Sin embargo, con las palabras hacemos amigos, trabajamos, amamos, nos alimentamos, nos entendemos, vivimos... No hay vida sin palabras, amamos y herimos con la palabra.

La palabra es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros. Una palabra hiere más profundamente que una espada. Los hombres que no tienen nada importante que decir hablan a gritos. Que hablen mal de uno es espantoso, pero hay algo peor: que no hablen. Sea esta la regla de nuestra vida: decir lo que sentimos, sentir lo que decimos. En suma, que la palabra vaya de acuerdo con los hechos. Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo. La palabra es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros.

Hablemos todos, dialoguemos y digamos lo que nuestro corazón encierra. Que nuestras palabras sean veraces, sinceras y especialmente que sean positivas, que reflejen esperanza, alegría y confianza. Que nuestras palabras no sirvan para levantar muros, sino puentes para unir pueblos y personas. Usemos palabras para construir, para cambiar, para mejorar, para alimentar a los de nuestro alrededor. Digamos palabras con vida, lindas, llenas de amor y ternura, aun a personas que no son de nuestro agrado. Pidamos lo imposible, tenemos poder con la palabra...