Lucha personal por la integridad

Portarse bien cuesta; mantener una conducta rectilínea no es nada fácil. Aunque se tenga una conciencia ética bien formada y se sepa distinguir intelectualmente entre lo bueno y lo malo, entre lo correcto y lo incorrecto, no se puede tener garantía absoluta de que se va a proceder en consecuencia. De ahí, la importancia de luchar, todos los días, sin tomarse días de asueto ni vacaciones, para ejercitar el músculo moral que hará posible resistir las provocaciones de la pereza, de la ambición desbocada o de cualquier otro vicio que nuestra miserable naturaleza humana nos invite a practicar.

La búsqueda de la integridad conlleva una batalla constante; nadie, por viejo que sea, puede afirmar que su proceso de mejora personal ha concluido. Solo cuando hayamos expirado se podrá tomar la medida definitiva de nuestra conducta; antes de que eso suceda corremos siempre el riesgo de traicionar a nuestra conciencia o de botar por el suelo una buena fama ganada con esfuerzo o un prestigio profesional o personal. Por eso cada día que abramos los ojos, cada día que nos pongamos en pie, debemos hacernos el propósito firme de batallar en contra de nuestros defectos de carácter, de nuestro egoísmo, de pelear en contra de todo aquello que dificulta nuestra relación con los demás o que los obliga a tener que soportarnos y sobrellevarnos, teniendo que echar mano de toda su paciencia, de toda su capacidad de aguante.

Sin duda que el obstáculo más imponente entre nosotros y los demás, incluso los más cercanos, es la soberbia. De ella se desprende, en intrincada red, toda una extensa ramificación que invade hasta los ámbitos más íntimos y, por lo mismo, se convierte en el mayor enemigo de nuestra integridad.

Porque la soberbia nos llena de recovecos, de segundas intenciones, de desconfianza, de sospechas infundadas, de discursos dobles, de autosuficiencia, de intolerancia ante el error ajeno. Y hace falta estar a un paso de la santidad heroica para soportar, sin enfermarnos del alma o del cuerpo, a alguien que responda a semejante descripción.

El problema es que ese vicio, ese defecto, como tantos otros, constituye un rasgo común en todos los seres humanos, por eso la lucha por la integridad, por alcanzar los estadios más altos de una correcta jerarquía de valores, nos obliga a mantenernos en guardia y a reaccionar con prontitud cada vez que el vicio aceche. Lo óptimo sería que todos lucháramos con idéntica intensidad, con igual fuerza. Entonces, la comunidad, el país, el mundo entero, serían mucho mejores.