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De lealtad y política

Lealtad comprada no es lealtad, dicen los que saben de estos asuntos. Puede ser cualquier cosa - hipocresía interesada, falsa amistad, simulación calculada -, pero no lealtad. Y si esto es cierto para todos los aspectos de la vida, en la política es doblemente verdad. No hay lealtad real cuando su contenido se nutre del chantaje… o del obsequioso regalo que esconde el veneno del soborno. La lealtad, en política al menos, solo suele ser verdadera cuando se fundamenta en la coincidencia del compromiso, en la identificación de ideales y en los intereses comunes al momento de compartir los sueños y las utopías. El resto, como diría el poeta, es selva.

En los últimos meses, ante la proliferación de los disturbios sociales y la conflictividad política en América Latina, poco a poco se va afianzando una peligrosa tendencia entre los líderes civiles (presidentes en aprietos, aspirantes desesperados, opositores ansiosos, etc.) por buscar el respaldo institucional de los militares, ya sea para afianzar Gobiernos en apuros o para derribar regímenes autoritarios y desacreditados. Esta es la conclusión a que llega el comentarista político Max Fisher en una edición del New York Times. Los ejemplos abundan y las fotografías proliferan. Ya es común ver a presidentes muy cuestionados cuando aparecen rodeados de uniformados ante las cámaras para reafirmar, como quien dice, el apoyo que reciben desde el Olimpo verde olivo. Las escenas se repiten y en ellas desfilan los rostros afligidos de gobernantes como Moreno, en Ecuador; Piñera, en Chile; Bolsonaro, en Brasil;

Maduro, en Venezuela; Ortega en Nicaragua y, más recientemente, Evo en la convulsa Bolivia. Todos ellos, rodeados por generales sombríos, agobiados por el peso de sus múltiples medallas y condecoraciones ganadas en batallas soñadas o inventadas, exhiben a los uniformados como si fueran los símbolos del poder real y el ejemplo vivo del respaldo al régimen. Las imágenes han sido diseñadas para impresionar o atemorizar a la población y, sobre todo, para ufanarse del apoyo castrense a la arbitrariedad civil.

Aquí, en estas profundas y cada vez más peligrosas honduras, no somos la excepción. El inquilino de turno de Casa Presidencial acostumbra, de vez en cuando, aparecer en la televisión rodeado de sus hombres de uniforme favoritos. Al hacerlo, nos envía un mensaje: su poder es incuestionable y sólido porque cuenta con la venia y servidumbre de los militares. Y si eso es así, quienes se atrevan a desafiarlo en las calles recibirán el castigo violento de los cuerpos represivos y pagarán muy cara su alocada osadía;pero ese mensaje no es tan cierto. Contiene en su interior la semilla que lo niega y distorsiona, ya que entre mayor es la dependencia del gobernante con respecto a las armas militares, mayor es la debilidad y vulnerabilidad de su propio gobierno. No hay liderazgo civil verdadero si su fortaleza depende de las armas ajenas.

El presidente que se crea fuerte porque cuenta con el respaldo ocasional de los militares se engaña a sí mismo… y, de paso, pretende engañarnos a los demás. No es el gobernante el que se fortalece, son los propios militares. Ese tipo de “lealtades” no son confiables, sobre todo si son pagadas o compradas.

Se puede adquirir todo el armamento que los uniformados piden, aunque sea a costa de los escasos dineros de la hacienda pública; se les pueden asignar millonarios fondos y confiarles, como está sucediendo ahora, nuevos y curiosos programas que tienen que ver con la economía agrícola del país y la seguridad alimentaria de la población, y se les puede satisfacer en todo lo que pidan, pero nunca se logrará satisfacerles plenamente, son voraces, insaciables, poco fiables.

Se equivoca el inquilino de palacio si cree que les tiene satisfechos y plenamente a su servicio. Nada de eso. La lealtad que le muestran es tan falsa como falsos son y han sido siempre sus declamados respeto a la Constitución de la República y obediencia a la ley. Lucirán fieles mientras dure la fiesta y los recursos abunden, como sucederá con esos miles de millones aprobados ya para financiar el rescate de la agricultura local por obra y gracia de la ofensiva militar.

No hay que olvidarlo: lealtad comprada no es tal. A lo sumo es engaño disfrazado, burla mafiosa, picaresca uniformada… Nada más.