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Ojos bonitos en cara ajena

Ordinariamente prefiero escribir sobre virtudes y no sobre vicios, pero, a veces, es necesario también reflexionar sobre los últimos porque así permanecemos en guardia. No vaya a ser que se cuelen en nuestra conducta cotidiana y terminemos por incorporarlos a nuestra personalidad y pesen más que las primeras en la relación con los demás.

No debemos olvidar que, así como las virtudes humanas se adquieren por repetición, a punta de ejercitarlas, los vicios también: se realiza una acción, luego se repite una y otra vez, hasta que vamos desarrollando una especie de segunda naturaleza, que responde espontáneamente ante los estímulos externos y que van definiendo un carácter, dibujando una personalidad. Cuando luchamos por repetir actos buenos terminamos por ser virtuosos; cuando repetimos actos malos, viciosos.

Uno de esos vicios, tal vez uno de los más feos, es la envidia. El envidioso es un individuo éticamente subdesarrollado que desconoce las cualidades de los que lo rodean, y cuando, alguna vez, no tiene más remedio que rendirse a la evidencia busca cómo demeritar al prójimo y señala los naturales defectos que todos solemos tener. Es decir, el envidioso procura enterrar bajo el peso de las miserias que todos tenemos lo valioso que posee el otro. El envidioso acostumbra padecer una gran amargura.

Como siempre habrá gente virtuosa, con una o más cualidades, en su entorno vive recomiéndose por dentro porque no acepta que haya ojos bonitos en cara ajena, en cara que no sea la suya. Se comporta como el gallo de la fábula, que ante los elogios que hacían las gallinas de la majestuosa cola del pavo real les decía que miraran las patas del pavo, flacas y nudosas como las suyas.

Emparentada con la soberbia, la envidia es también una falta moral capital porque de ella se desgajan otros defectos, otros vicios, que obstaculizan la convivencia humana. La envidia, para poner algunos ejemplos, se ha interpuesto, en más de una ocasión, entre un profesional y su ascenso, bien ganado, en una empresa o ha desatado un rumor ponzoñoso contra alguien que puede llegar a ser un competidor. También ha llevado a disminuir los méritos de un colega e, incluso, a desearle la muerte y hasta a causársela, ya que tiene más posibilidades de éxito o de brillo personal o laboral.

Claro, el envidioso desconoce casi deliberadamente virtudes como la humildad o la sencillez y ve en ellas manifestaciones de estupidez o de falta de ambición. Olvida que en este mundo variopinto todos tenemos cualidades, pero también defectos, defectos que el envidioso solo ve en los demás; pero rara vez en sí mismo.