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Preocupación de abuelo

Tengo hasta ahora un único nieto, Josemaría, que apenas tiene poco más de dos años. Está creciendo en un entorno lleno de cariño. Gracias a la tecnología, cada palabra nueva que pronuncia, cada canción que intenta entonar, cada gracia que hace, corre veloz en las redes sociales de tíos y abuelos. Como es normal a esa edad, lo suyo es jugar, dormir y comer. Desde muy pequeñito lo llevan a la guardería, puesto que su mamá, mi hija, trabaja fuera de la casa y no había otro remedio.

Suerte tuvimos lo que crecimos con nuestra madre en casa, porque, aunque trajinara desde muy temprano, sabíamos que estaba ahí y que aparecería en cualquier momento. Sin embargo, la tempranísima inserción en el ambiente extrahogareño le ha permitido desarrollar unas habilidades sociales y un vocabulario que a todos nos hace pensar que ha valido la pena el sufrimiento de separarse de él con pocos días de nacido.

Claro, como todo niño, vive ajeno a la problemática social y a la crisis interminable en que los políticos de este país nos mantienen a todos: a los que simpatizamos con alguno, a los que adversamos a todos y a los políticamente indiferentes. Él, mi nieto, no tiene idea de la zozobra en que nos mantienen, de los oscuros intereses que se mueven en esos ambientes tóxicos y macabros, de la falta de amor sincero y desprendido que han demostrado profesar por Honduras, de su terquedad, de su soberbia, de su egoísmo.

Cientos, miles de niños, han salido, solos o acompañados por sus padres, de este país, en los últimos años.

El futuro aquí les resulta demasiado incierto, el horizonte muy estrecho para sus ilusiones de una verdadera vida mejor. Aquellos, los políticos, en lugar de buscar solución a la problemática se dedican a echarse la culpa los unos a los otros y hasta intentan sacar provecho político de semejante desgracia nacional.

Mi hija y mi yerno hasta ahora no se han planteado irse de Honduras, yo tampoco quiero que se vayan.

A la gente que uno quiere desea tenerla cerca, pero cuando veo a mi nieto, que sonríe cada vez que nos ve, y contemplo, consternado, el panorama que los mismos políticos se han encargado de construir, sí pienso en la posibilidad de que crezca en un lugar en el que el odio y la descalificación no sea el pan de cada día y en donde se desarrolle sin temor. Un lugar que podría ser Honduras, pero que no lo será mientras aquellos que se disputan este pedazo de tierra no decidan dejarnos vivir en paz.